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Tesoros |
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Los Tesoros que presentamos aquí son una selección de las historias y
reflexiones contenidas en la Lista de Interés Tesoros Nuevos y Viejos que dirige el padre
Carlos García Llerena CJM.
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Lista de Tesoros | |
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Acciones y valores Su nombre era Fleming y el era un pobre agricultor inglés. Un día, mientras trataba de ganarse la vida para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano. Inmediatamente, solto sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvo al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible. El siguiente día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés. Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado. —Yo quiero recompensarlo —dijo el noble inglés—. Usted salvó la vida de mi hijo. —No. Yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice—, respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta. En ese momento, el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia. —¿Es ese su hijo? —preguntó el noble inglés. —Sí —respondió el agricultor, lleno de orgullo. —Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso. El agricultor aceptó. Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary’s Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo: el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía. ¿Qué lo salvó? La Penicilina. ¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill. ¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill. Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio
lo mismo que ofrecemos. Alumbrando a otros Hace cientos de años, había un hombre en una ciudad de Oriente. Un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo. EI amigo lo mira y de pronto lo reconoce Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo entonces, le dice: ¿Que haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves… Entonces, el ciego le responde: -Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí… No sólo es importante la luz que me sirve a mí sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella. ¿No sabes que alumbrando a otros, también me beneficio yo, pues evito que me lastimen otros que no podrían verme en la oscuridad?- Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite. MORALEJA: Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil, muchas veces en vez de alumbrar, oscurecemos mucho más el camino de los demás. ¿Cómo? A través el desaliento, la crítica, el egoísmo el desamor, el odio, el resentimiento…¡Que hermoso sería si todos ilumináramos los caminos de los demás, sin fijarnos si lo necesitan o no!. Llevar luz y no oscuridad. Si toda la gente encendiera una luz, el mundo entero estaría iluminado y brillaría día a día con mayor intensidad. Todos pasamos por situaciones difíciles a veces, todos sentimos el peso del dolor en determinados momentos de nuestras vidas, todos sufrimos en algunos momentos y lloramos en otros. Pero no debemos proyectar nuestro dolor cuando alguien desesperado busca ayuda en nosotros. No debemos exclamar como es costumbre: «La vida es así» llenos de rencor y de odio. No debemos… al contrario, ayudemos a los demás sembrando esperanza en ese corazón herido. Nuestro dolor es y fue importante, pero se minimiza si ayudamos a otros a soportarlo, si ayudamos a otro a sobrellevarlo Luz, demos luz. Tenemos en el alma el motor que enciende cualquier lámpara, la energía que permite iluminar en vez de oscurecer. Está en nosotros saber usarla. Está en nosotros ser Luz y no permitir que los demás vivan en las tinieblas. Anéctoda de un recién nacido En una ocasión una pareja de jóvenes llevaron su recién nacido al hospital ya que parecía estar muy enfermo. Durante días todo lo que comía lo vomitaba y no paraba de llorar. Aquel bebé fue sometido a toda clase de exámenes por diferentes médicos y ninguno encontraba alguna razón para esta situación. Un ministro y consejero cristiano tuvo la oportunidad de conversar con los padres. Al cabo de un rato, él supo lo que le pasaba al niño: ¡Se quería suicidar! Aquella criatura había nacido por «accidente» y no era deseado por sus padres, de manera que desde antes de nacer experimentaba rechazo. Aquella criatura percibió todo lo que los padres proyectaban. Luego de la conversación con el consejero, la madre tomó al niño, le pidió perdón y lo acarició. El niño sorprendentemente empezó a tomar de la leche que aquella madre le ofrecía. ¿Entiendes ahora el poder destructivo del rechazo Avivemos nuestra llama espiritual Cuentan que un rey muy rico de la India tenía fama de ser indiferente a las riquezas materiales. Un súbdito quiso averiguar su secreto. El rey le dijo: —Te lo revelaré, si recorres mi palacio para comprender la magnitud de mi riqueza. Pero lleva una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré. Al término del paseo, el rey le preguntó: —¿Qué piensas de mis riquezas? La persona respondió: —No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se apagara. El rey le dijo: —Ese es mi secreto. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera. Avivemos nuestra llama espiritual. No sólo tendremos mejores relaciones interpersonales, sino que seremos más felices.
Carta de un hijo abortado Soy tu hijo. ¿Recuerdas? El que debió ser mi padre andaba fuera del país. No bastaron las promesas de amor que le escribías, ni tu honestidad, ni tu familia. En su ausencia surgió otro hombre. De ese romance fui
engendrado yo. ¡Qué gratos recuerdos guardo, mama, de los tres meses y 21
días que me acunaste en tu vientre! ¡Me sentía tan seguro! Qué bonito era sentir tus caricias, escuchar el
timbre dulce de tu voz, jugar con tu universo interno. Sin embargo, había
que blanquear el desliz, tenia que morir el delator. Y ese era yo. Por entonces supe de los problemas y de las
discusiones con tu amante, mi padre. Él quería verme nacido y tú no. ¡Qué peleas! Hasta que le arrancaste el dinero que costo mi defunción. A todo le ponen precio. Hasta al asesinato de un inocente. —¡Qué caros son los abortos!, —comentaste. Mas no hay tiempo que esperar, lo que tenga que ser, será. No justifico tu crimen, mamá, pero lo perdono. Lo que
no me cabe en la cabeza es la maldad de aquella bestia vestida de
blanco. ¡Qué dolor tan horrible! Cuando me apuntaba con
aquella enorme aguja que anunciaba el fin de mi vida. Recuerdo que en ese momento, presintiendo el final,
rompí en llanto incesante, pero ni tú ni él pudieron escucharme. Quise huir, alejarme de aquel extraño monstruo que amenazaba con destruirme. Mi ritmo cardiaco iba aumentando, sobrepasaba los 200 latidos por minuto. Me agitaba, me convulsionaba lo mas fuerte posible para evitar el contacto con el tubo letal. Pero el espacio era reducido y el agresor llevaba las de ganar. Finalmente y para desgracia mía, la punta de succión se adhirió a una de mis piernitas. La desprendió de un tajo. Mutilado y con un dolor que no imaginas, seguí moviéndome cada vez más lento, pues aquél ambiente antes líquido, se convirtió en algo demasiado seco. La punta de la aspiradora me seguía insistentemente. El médico la introducía y buscaba a ciegas. Le daba lo mismo arrancarme una piernita, un bracito o mi tronco. Para el asesinato en si, no existe ningún procedimiento técnico. Yo seguí llorando en una agonía impresionante. El
tubo volvió a alcanzarme, esta vez enganchándome un bracito, que también
fue desprendido. Negándose a morir, mi cuerpecito desgarrado seguía sacudiéndose. La manguera jalaba mi tronco, tratando de arrancarlo de la cabeza. Al fin lo logró. El desmembramiento fue total, solo mi cabeza quedó dentro. Ésta era demasiado grande para ser succionada; así que el médico introdujo unas poderosas pinzas y con ellas la aplastó. ¡Qué horrible! Mi tierna cabecita explotó como una nuez. Para entonces ya tenía rato de estar muerto. No sentía nada. Me tragó por completo la sanguinaria aspiradora. Sé que lo sucedido a ti te traumatizó. Conozco, mamá, tus largas noches en vela y tus sobresaltos. Sé que me amas, pues sueñas conmigo; y más de una vez te has preguntado, con remordimiento si soy niña o niño. ¡Oh, qué alegrías te hubiera traído! ¿Sabes mami que a los niños no deseados, al nacer son más amados? ¡Soy un niño! Me parezco más a ti que al seductor que te engañó. ¡Cómo vas a olvidar, yo a cada momento pido a Dios que borre de tu mente esas pesadillas que turban tu descanso y te dan muerte en vida!
Cosas de Dios ¿No te parece extraño cómo un billete de S/. 20.00 «parece» tan grande cuando lo llevas a la Iglesia, pero tan pequeño cuando lo llevas a las tiendas? ¿No te parece extraño cuán larga parece una hora cuando oímos de DIOS, pero cuán corta cuando dos equipos juegan fútbol por «sólo» 90 minutos? ¿No te parece extraño qué larga parece una hora cuando estás en la Iglesia, pero qué cortas son cuando estás divirtiéndote en algún lugar? ¿No te parece extraño que no puedes pensar en algo que decir cuando rezas, pero no tienes ninguna dificultad en pensar cosas de qué conversar con un amigo? ¿No te parece extraño cuánto nos emocionamos cuando un juego de fútbol se extiende tiempo extra, pero nos quejamos cuando el sermón es un poquito más largo que lo usual? ¿No te parece extraño lo difícil que es leer un capítulo de la Biblia, pero qué fácil es leer 100 páginas de cualquier revista popular? ¿No te parece extraño cómo las personas desean los asientos del frente en cualquier juego o concierto, pero hasta se esfuerzan para buscar los asientos de atrás en las Iglesias? ¿No te parece extraño que necesitemos dos o tres semanas de aviso para incluir un evento de la Iglesia en nuestra agenda, pero podemos ajustar nuestra agenda para otros eventos en el último momento? ¿No te parece extraño lo difícil que es aprender una verdad simple del Evangelio para compartirla con otros, pero qué fácil es para las mismas personas entender y repetir un chisme? ¿No te parece extraño cómo creemos rápida y fácilmente lo que dicen los periódicos, pero cuestionamos lo que dice la Biblia? ¿No te parece extraño que todos quieran ir al cielo, siempre y cuando no tengan que creer, o pensar, o decir, o hacer alguna cosa que requiera esfuerzo? ¿No te parece extraño cómo podemos enviar miles de chistes por correo electrónico y se esparcen como reguero de pólvora, pero cuando empezamos a enviar mensajes acerca de DIOS, la gente lo piensa dos veces antes de compartirlos con otros? ES EXTRAÑO, ¿NO TE PARECE?... ¿Te estás riendo?... ¿Estás reflexionando?... ¡No tengas miedo de hablar de DIOS y dar gracias al SEÑOR porque ÉL es bueno! Ahora que has leído este mensaje, envíalo a todas las personas que consideres tus amigos. Si no lo haces, simplemente tú y ellos se perderán la bendición de que les recuerden algo tan importante. No tendrás mala suerte, porque la suerte no es algo ordenado por DIOS, simplemente habrás dejado de compartir algo «realmente importante», con los demás. Que Dios los Bendiga.
Déjaselo a Dios Se encontraba una vez un hombre impartiendo un retiro
espiritual al aire libre. Al finalizar una de las charlas, una mujer se
acercó muy contenta para contarle lo mucho que había aprendido y cómo
había quedado impactada. El hombre se sintió muy bien y preguntó: —Y, ¿cuál de las palabras que dije fueron de las que le causaron tanto impacto? Ella respondió: —Ah bueno, pues realmente ninguna. Resulta que cuando usted estaba hablando, sacó un pañuelo blanco para secar su frente, y en ese momento, al ver la blancura del pañuelo, me di cuenta de que tenía mucha suciedad en mi consciencia, y me comprometí con Dios para luchar y que mi conciencia llegara a estar tan blanca como ese pañuelo. ———— Cuántas veces creemos que las cosas que hacemos es por nuestra capacidad o habilidades. O por el contrario, creemos que no podemos hacer nada pues carecemos de aptitudes. Pues bien, dice en el libro de los Proverbios 3,5: “No confíes en tu propia inteligencia, sino preséntalo todo a Dios en oración”. Lo que podamos hacer por nosotros mismos o por los demás no depende solamente de lo que Dios nos ha dado sino de Dios mismo. Al igual que con la historia, a Dios le bastó un pañuelo blanco para poner a reflexionar el corazón de aquella mujer. Por eso, no confíes en tus palabras, sino en Dios. Y tampoco creas que no eres digno de que Dios te utilice para cambiar la vida de otras personas.
Donando sangre Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario
en un Hospital de Stanford, conocí a una niñita llamada Liz quien sufría
de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse
aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de cinco años,
quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había
desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El doctor explicó la situación al hermano de la niña,
y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi
dudar por solo un momento antes de tomar un gran suspiro y decir: —Sí, lo haré, si eso salva a Liz. Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana y sonriente, mientras nosotros lo asistíamos a él y a su hermana, viendo retornar el color a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: —¿A qué hora empezaré a morirme? Siendo sólo un niño, no había comprendido al doctor; él pensaba que le daría toda su sangre a su hermana. Y aún así se la daba. Da todo por quien ames.
El acusado Cuenta una antigua leyenda, que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente de reino, y por eso, desde el primer momento se procuró un «chivo expiatorio», para encubrir al culpable. El hombre fue llevado a juicio, ya conociendo que tendría escasas o nulas posibilidades de escapar al terrible veredicto: ¡¡ La horca !! El juez, también complotado, cuidó, no obstante,
de dar todo el aspecto de un juicio justo. Por ello dijo al acusado: —Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras «culpable» e «inocente». Tu escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino. Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: «CULPABLE» , y la pobre víctima, aún sin conocer los detalles, se daba cuenta de que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria. El juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados elevando una ungida oración, y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y con una extraña sonrisa, tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente. Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente... —Pero, ¡¿que hizo...?!, y ¿ahora...? ¡¿Cómo vamos a saber el veredicto...?! —Es muy sencillo —respondió el hombre—. Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué... Con rezongos y bronca mal disimulada, debieron liberar al acusado, salvando la vida milagrosamente. (Autor desconocido) _______________________________________ Muchas veces los hijos de Dios nos encontramos en situaciones semejantes en manos de los hijos de las tinieblas. ¿Qué debemos hacer cuando el mundo se confabula contra nosotros? ¿Podrá verdaderamente Dios auxiliarnos? Dice el libro del Eclesiástico: «Miren lo sucedido en otras generaciones, nadie que
confiara en el Señor se vio decepcionado; nadie que lo honrara fielmente
se vio abandonado; a todos los que le invocaron, Él los escuchó. Porque el
Señor es tierno y compasivo, perdona los pecados y salva en el tiempo de
la aflicción» (Eclo 2, 10-11). Miremos el ejemplo que nos propone esta antigua
leyenda, cuando nuestro hombre virtuoso fue conminado a participar en el
fraude, aunque estaba en desventaja y quisieron involucrar a su propio
Dios. Él cerró los ojos y elevó una profunda oración a Dios. Fue allí
cuando el Espíritu Santo salió en su defensa como realmente nos lo promete
Jesús en el Evangelio de san Marcos:
«Cuídense ustedes mismos: porque los entregarán a las
autoridades y los golpearán en las sinagogas. Los harán comparecer ante
gobernadores y reyes por causa mía; así podrán dar testimonio de mí
delante de ellos... Y no se preocupen ustedes por lo que hayan de decir
cuando los entreguen a las autoridades. En esos momento (hagan) digan lo
que Dios les dé a decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino el
Espíritu Santo... Todo el mundo los odiará a ustedes por causa mía; pero
el que siga firme hasta el fin, será salvo» Mi querido hermano, cuando sientas que el mundo se vuelve contra ti, no desesperes. Confía en el Señor y verás que él te salvará en la hora de la adversidad.
El águila y la tormenta ¿Sabías que un águila sabe cuando una tormenta se acerca mucho antes de que empiece? El águila volará a un sitio alto para esperar los vientos que vendrán. Cuando llega la tormenta, coloca sus alas para que el viento las agarre y le lleve por encima de la tormenta. Mientras que la tormenta esté destrozando abajo, el águila vuela por encima de ella. El águila no se escapa de la tormenta. Simplemente usa la tormenta para levantarse más alto. Se levanta por los vientos que trae la tormenta. Cuando las tormentas de vida nos vienen —y todos nosotros vamos a pasar por ello—, podemos levantarnos por encima poniendo nuestras mentes y nuestra fe hacia Dios. Las tormentas no tienen que pasar sobre nosotros. Podemos dejar que el poder de Dios nos levante por encima de ellas. Dios nos permite ir con el viento de la tormenta que trae enfermedad, tragedia, y demás cosas en nuestras vidas. Podemos volar sobre la tormenta. Recuerda, no son los pesos de la vida lo que nos lleva hacia abajo, sino el como los manejamos. La Biblia dice, Isaías 40,31: «Pero los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansaran; caminaran, y no se fatigarán».
El bambú japonés No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: «¡Crece, maldita seas!»... Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó solo seis semanas crecer?. No. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años. Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente que solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado. De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creeremos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que en tanto no bajemos los brazos ni abandonemos por no «ver» el resultado que esperamos, sí está sucediendo algo dentro nuestro: estamos creciendo, madurando. Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando este al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación. Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.
El bordado de Dios Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando. Yo observaba el trabajo de mi mamá desde una posición más baja que donde estaba sentada ella, así que siempre me quejaba diciéndole que desde mi punto de vista lo que estaba haciendo me parecía muy confuso. Ella me sonreía, miraba hacia abajo y gentilmente me decía: —Hijo, ve afuera a jugar un rato y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo desde mi posición. Me preguntaba por qué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba. Unos minutos más tarde escuchaba la voz de mi mamá diciéndome: —Hijo, ven y siéntate en mi regazo. Yo lo hacía de inmediato y me sorprendía y
emocionaba al ver la hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No
podía creerlo; desde abajo se veía tan confuso. Entonces mi mamá me decía:
—Hijo mío, desde abajo se veía confuso y
desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba. Había un
diseño, sólo lo estaba siguiendo. Ahora míralo desde mi posición y sabrás
lo que estaba haciendo. Muchas veces a lo largo de los años he mirado al
Cielo y he dicho: —Padre, ¿qué estás haciendo? Él responde: —Estoy bordando tu vida. Entonces yo le replico: —Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los hilos parecen tan oscuros, ¿por qué no son más brillantes?. El Padre parecía decirme: —Mi niño, ocúpate de tu trabajo... y yo haciendo el mío, un día te traeré al cielo y te pondré sobre mi regazo y verás el plan desde mi posición. Entonces entenderás...
El equilibrista En Nueva York se han construido dos rascacielos
impresionantemente altos, a treinta metros de distancia uno del otro. Un
famoso equilibrista tendió una cuerda en lo más alto de estos edificios
gemelos con el fin de pasar caminando sobre ella. Antes dijo a la multitud
expectante: —Me subiré y cruzaré sobre la cuerda, pero necesito
que ustedes crean en mí y tengan confianza en que lo voy a lograr... —Claro que sí—, respondieron todos al mismo
tiempo. Subió por el elevador y ayudándose de una vara de
equilibrio comenzó a atravesar de un edificio a otro sobre la cuerda
floja. Habiendo logrado la hazaña, bajó y dijo a la multitud
que le aplaudía emocionada: —Ahora voy a pasar por segunda ocasión, pero sin la
ayuda de la vara. Por tanto, más que antes, necesito su confianza y se fe
en mí. El equilibrista subió por el elevador y luego comenzó
a cruzar lentamente de un edificio hasta el otro. La gente estaba muda de
asombro y aplaudía. Entonces el equilibrista bajó y en medio de las
ovaciones por tercera vez dijo: —Ahora pasaré por última vez, pero será llevando una
carretilla sobre la cuerda... Necesito, más que nunca, que crean en mí y
confíen en mí. La multitud guardaba un tenso silencio. Nadie se
atrevía a creer que esto fuera posible... —Basta que una sola persona confíe en mí y lo haré—, afirmó el equilibrista. Entonces uno de los que estaba atrás gritó: —Sí, sí, yo creo en ti. Tú puedes. Yo confío en ti... El equilibrista, para certificar su confianza, lo retó: —Si de veras confías en mí, vente conmigo y súbete a la carretilla... Cuando en verdad le creemos a Jesús nos subimos a su cruz, muriendo a todo aquello que no nos deja vivir. Este tipo de fe nos permite ver lo invisible y esperar contra toda esperanza, ya que todo es posible para el que cree. _______________________________________ > Tomado del libro:
El error perfecto Mi abuelo amaba la vida —especialmente cuando podía hacerle una broma a alguien—. Hasta que un frío sábado en Chicago, mi abuelo pensó que Dios le había jugado una broma. Entonces no le causó mucha gracia. Ese día particularmente él había estado en la Iglesia haciendo unos baúles de madera para la ropa y otros artículos que enviarían a un orfelinato a China. Cuando regresaba a su casa, metió la mano al bolsillo de su camisa para sacar sus lentes, pero no estaban ahí. Él estaba seguro de haberlos puesto ahí esa mañana, así que se regresó a la Iglesia. Los buscó, pero no los encontró. Entonces se dio cuenta de que los lentes se habían caído del bolsillo de su camisa, sin él darse cuenta, mientras trabajaba en los baúles que ya había cerrado y empacado. ¡Sus nuevos lentes iban camino a China! La Gran Depresión estaba en su apogeo y mi abuelo tenia seis hijos. Él había gastado 20 dólares en esos lentes. —No es justo —le dijo a Dios mientras manejaba frustrado de regreso a su casa—.Yo he hecho una obra buena donando mi tiempo y dinero y ahora esto. Varios meses después, el Director del orfelinato estaba de visita en Estados Unidos. Quería visitar todas las Iglesias que lo habían ayudado cuando estaba en China, así que llegó un sábado en la noche a la pequeña Iglesia a donde asistía mi abuelo en Chicago. Mi abuelo y su familia estaban sentados entre los fieles, como de costumbre. El misionero empezó por agradecer a la gente por su bondad al apoyar al orfelinato con sus donaciones. —Pero más que nada —dijo—, debo agradecerles por los lentes que mandaron. Verán, los comunistas habían entrado al orfelinato, destruyendo todo lo que teníamos, incluyendo mis lentes. ¡Estaba desesperado! Aún y cuando tuviera el dinero para comprar otros, no había donde. Además de no poder ver bien, todos los días tenía fuertes dolores de cabeza, así que mis compañeros y yo estuvimos pidiendo mucho a Dios por esto. Entonces llegaron sus donaciones. Cuando mis compañeros sacaron todo, encontraron unos lentes encima de una de las cajas. El misionero hizo una larga pausa, como permitiendo que todos digirieran sus palabras. Luego, aún maravillado, continuó: —Amigos, cuando me puse los lentes, eran como si los hubieran mandado hacer justo para mí! ¡Quiero agradecerles por ser parte de esto!. Toda las personas escucharon, y estaban contentos por los lentes milagrosos. Pero el misionero debió haberse confundido de Iglesia, pensaron. No había ningunos lentes en la lista de productos que habían enviado a China. Pero sentado atrás en silencio, con lágrimas en sus ojos, un carpintero ordinario se daba cuenta de que el Carpintero Maestro lo había utilizado de una manera extraordinaria. «Tu talento especial es el regalo que Dios te dio, lo que tú hagas con tu talento es tu regalo para Dios».
El hijo, ¿quién se lleva al hijo? Un hombre rico y su hijo tenían gran pasión por el arte. Tenían de todo en su colección: desde Picasso hasta Rafael. Muy a menudo, padre e hijo se sentaban juntos a admirar las grandes obras de arte. Desgraciadamente, el hijo fue a la guerra. Fue muy valiente y murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado. El padre recibió la noticia y sufrió profundamente la muerte de su único hijo. Un mes más tarde, justo antes de la Navidad,
alguien tocó a la puerta. Un joven con un gran paquete en sus manos le
dijo al padre: —Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por
quien su hijo dio la vida. Él salvó muchas vidas ese día, y me estaba
llevando a un lugar seguro cuando una bala le atravesó el pecho, muriendo
así instantáneamente. Él hablaba muy a menudo de usted y de su amor por el
arte.
El muchacho extendió el paquete:
—Yo sé que esto no es mucho. Yo no soy un gran
artista, pero creo que a su hijo le hubiera gustado que usted recibiera
esto.
El padre abrió el paquete. Era un retrato de su
hijo pintado por el joven soldado. Él contempló con profunda admiración la
manera en que el soldado había capturado la personalidad de su hijo en la
pintura. El padre estaba tan atraído por la expresión de los ojos de su
hijo que los suyos propios se arrasaron de lágrimas. Le agradeció al joven
soldado y ofreció pagarle por el cuadro.
—Oh no, Señor, yo nunca podría pagarle lo que su
hijo hizo por mí. Es un regalo.
El padre colgó el retrato arriba de la repisa de su
chimenea. Cada vez que los visitantes e invitados llegaban a su casa, les
mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería. El
hombre murió unos meses más tarde y se anunció una subasta para todas las
pinturas que poseía.
Mucha gente importante y de influencia acudió con
grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de la colección.
Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo. El subastador golpeó su
mazo para dar inicio a la subasta.
—Empezaremos los remates con este retrato del hijo.
¿Quién ofrece por este retrato?
Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo
de la habitación gritó:
—¡Queremos ver las pinturas famosas! ¡Olvídese de
esa!
Sin embargo, el subastador persistió:
—¿Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿$100.00?
¿$200.00?
Otra voz gritó con enojo:
—¡No venimos por esa pintura! ¡Venimos a ver los
Van Goghs, los Rembrandts! ¡Vamos a las ofertas de verdad!
Pero aún así el subastador continuaba su labor:
—¡El Hijo! ¡El Hijo! ¡¿Quién se lleva El Hijo?!
Finalmente, una voz se oyó desde muy atrás del
cuarto:
—¡Yo doy diez dólares por la pintura!
Era el viejo jardinero del padre y del hijo. Siendo
éste muy pobre, era lo único que podía ofrecer.
—¡Tenemos $10! ¡¿Quién da $20?! —gritó el
subastador.
—¡Dásela por $10! ¡Muéstranos de una vez las obras
maestras!, —dijo otro exasperado.
—¡$10 es la oferta! ¡¿Dará alguien $20?! ¿Alguien
da $20?
La multitud se estaba poniendo bien enojada. No
querían la pintura de El Hijo. Querían las que representaban una valiosa
inversión para sus propias colecciones.
El subastador golpeó por fin el mazo:
—¡Va una, van dos... VENDIDA por $10!
—¡Empecemos con la colección! —gritó uno.
El subastador soltó su mazo y dijo:
—Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la
subasta llegó a su final.
—Pero, ¿qué de las pinturas?
—Lo siento. Cuando me llamaron para conducir esta
subasta, se me dijo de un secreto estipulado en el testamento del dueño.
Yo no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso
momento. Solamente la pintura de EL HIJO sería subastada. Aquel que la
comprara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre,
incluyendo las famosas pinturas. ¡El hombre que compró EL HIJO se queda
con todo! _______________________________________ Reflexión:Dios nos ha entregado a su Hijo quien murió en una
cruz hace 2,000 años. Así como el subastador, su mensaje hoy es: «EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA AL HIJO?» Quien ama al Hijo lo tiene todo. «Buscad primero su Reino y su justicia,
El Jardín Insatisfecho En un país muy lejano un viejo rey había sembrado a
lo largo de su vida un jardín con la mayor variedad de plantas y árboles
que consiguió. Un día fue hasta su jardín y descubrió que sus
árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. Revisó el agua y era
buena, fresca y de calidad, el jardinero no había descuidado los abonos y
el clima había sido el más favorable. Sin embargo, el comportamiento de las plantas
dejaba mucho que desear: el Roble le dijo al monarca que se estaba
muriendo porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino,
lo halló decaído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría
porque no podía florecer como el Rosal. El Rosal estaba deprimido por no poder ser tan
fuerte y sólido como el Roble. Y el sauce llorón, lloraba amargamente por no ser
erguido y espigado como el Pino. Entonces el rey encontró una planta, una
Bugambilia, floreciendo multicolormente y más fresca que nunca. Ante esta conducta inusual frente al resto de las
plantas de su jardín el rey le preguntó: —¿Cómo es que creces tan saludable en medio de este
jardín mustio y umbrío? La flor contestó: —No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que,
cuando me plantaste, querías bugambilias. Si hubieras querido un Roble, o
uvas, las habrías plantado. En aquel momento me dije: —¡El rey quiere que sea bugambilia! Intentaré ser
Bugambilia de la mejor manera que pueda. (Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu propia fragancia). _______________________________________ Mi querido hermano: No gastes tu vida y tus esfuerzos tratando de ser como
los demás. Ni renuncies a ser lo que eres para agradar a los que te
rodean. La presión más grande a la que se ve sometida una
persona, no es la de sus responsabilidades, superiores o familia.
Curiosamente la presión más grande la recibe de sus «iguales». Esto se
nota más fuertemente en la adolescencia y juventud, donde muchos jóvenes
están dispuesto a renunciar a muchos de sus valores y principio con tal de
sentirse sólo y marginado. El miedo a la soledad y el aislamiento hace que
muchos personas se induzcan en malos caminos y vicios. No trates de ser lo que No eres con tal de buscar
aceptación y aprobación. Simplemente mírate a tí mismo, tienes grandes
cualidad innatas y muchos dones que el Señor te ha dado.. No trates de ser
otra persona. Puedes hacer dos cosas con lo que Dios y la vida te
dieron: disfrutarlo y florecer dando lo mejor de ti mismo, o morir de
envidia y marchitarte tratando de ser lo que no eres. Vivimos marchitándonos en nuestras propias
insatisfacciones, en nuestras absurdas comparaciones con los demás. ¡Esa
será tu propia condena! «Si yo fuera....», «si yo tuviera...» Siempre conjugando el futuro incierto en vez de asumir el presente concreto, empecinados en no querer ver que la felicidad es un estado subjetivo, voluntario y que no dependerá de los bienes y éxitos que podamos acumular. Podemos elegir hoy, ser felices con lo que somos, con
lo que tenemos. Sólo así podremos florecer. El día que aceptemos que somos
lo que somos, que somos únicos PARA DIOS y que nadie puede hacer lo que
nosotros vinimos a hacer a este mundo, ¡ese día habremos empezado a
florecer! Toma el ejemplo de la bugambilia y florece en la
mayor gama de colores que te sea posible!!!! Bendiciones P. Charly El naufragio El único sobreviviente de un naufragio fue visto
sobre una pequeña e inhabitada isla. Él estaba orando fervientemente,
pidiendo a Dios que lo rescatara, y todos los días revisaba el horizonte
buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba. Cansado, eventualmente empezó a construir una pequeña
cabañita para protegerse y proteger sus pocas posesiones. Pero entonces un día, después de andar buscando
comida, él regresó y encontró la pequeña choza en llamas. El humo subía
hasta el cielo. Lo peor que había pasado es que todas las cosas has había
perdido. Él estaba confundido y enojado con Dios, y llorando
le decía: —¿Cómo pudiste hacerme esto? Y se quedó dormido sobre la arena. Temprano de la mañana del día siguiente, él escuchó
asombrado el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Venían a
rescatarlo. Cuando llegaron, les preguntó: —¿Cómo sabían que yo estaba aquí? Sus rescatadores le contestaron: —Vimos las señales de humo que nos hiciste...
Es fácil enojarse cuando las cosas van mal, pero no
debemos perder el corazón, porque Dios está trabajando en nuestras vidas,
en medio de las penas y sufrimiento. Recuerda la próxima vez que tu pequeña choza se
queme... puede ser simplemente una señal de humo que surge de la GRACIA de
Dios. Por todas las cosas negativas que nos pasan, debemos
decirnos a nosotros mismos: DIOS TIENE UNA RESPUESTA POSITIVA A ESTO. Tú dices: «Es imposible». Dios dice: «Nada es imposible» (Lucas 18, 27). Tú dices «Nadie me ama realmente». Dios dice: «Yo te amo» (Juan 3, 16 y Juan 13, 34).
El poder de las palabras Cuenta la historia que en cierta ocasión, un sabio maestro se dirigía a su atento auditorio dando valiosas lecciones sobre el poder sagrado de la palabra, y el influjo que ella ejerce en nuestra vida y la de los demás. —Lo que usted dice no tiene ningún valor»- lo interpeló un señor que se encontraba en el auditorio. El maestro le escuchó con mucha atención y tan pronto terminó la frase, le gritó con fuerza: —¡Cállate, estúpido! y ¡siéntate, idiota! Ante el asombro de la gente, el aludido se llenó de furia, soltó varias imprecaciones y, cuando estaba fuera de sí, el maestro alzó la voz y le dijo: —Perdone caballero, le he ofendido y le pido perdón; acepte mis sinceras excusas y sepa que respeto su opinión, aunque estemos en desacuerdo. El señor se calmó y le dijo al maestro: —Le entiendo, y también pido disculpas y acepto que la diferencia de opiniones no debe servir para pelear, sino para mirar otras opciones. El maestro le sonrió y le dijo: —Perdone usted que haya sido de esta manera, pero así hemos visto todos del modo más claro, el gran poder de las palabras: Con unas pocas palabras le exalté, y con otras pocas le calmé. Las palabras no se las lleva el viento, las palabras dejan huella, tienen poder e influyen positiva o negativamente. . . Las palabras curan o hieren a una persona. Por eso mismo, los griegos decían que la palabra era divina y los filósofos elogiaban el silencio. Piensa en esto y cuida tus pensamientos, porque ellos se convierten en palabras, y cuida tus palabras, porque ellas marcan tu destino. Medita sabiamente para saber cuándo y cómo hay que comunicarse, y cuándo el silencio es el mejor regalo para ti y para los que amas. Eres sabio si sabes cuándo hablar y cuándo callar. Piensa muy bien antes de hablar, cálmate cuando estés airado o resentido, y habla sólo cuando estés en paz. Recuerda que las palabras tienen poder y que el viento nunca se las lleva. Las palabras encierran una energía que bien puede ser positiva o negativa. Recuerda: «Una cometa se puede recoger después de echarla a volar, pero las palabras jamás se podrán recoger una vez que han salido de nuestra boca».
El sabio y el rey Existió un rey que tenía un sabio; un hombre anciano
de avanzada edad, pasos lentos y larga barba blanca. El rey para cualquier
acción o decisión que tomara siempre se refería primeramente a su sabio.
En ningún momento dudaba en consultarle siempre los problemas y las cosas
que sucedían en su reino, sintiéndose siempre seguro de que todo le decía
salía siempre bien. Hasta que un día el sabio, por su avanzada edad,
enfermó de gravedad. En su lecho de muerte, el rey desesperado le
decía: —Sabio y viejo amigo, ¿qué voy a hacer sin ti cuando
tú no estés? ¿Quién me dará sus sabios consejos y me ayudará cuando tenga
problemas que no pueda resolver?... ¿Qué haré... qué haré...? El sabio, al ver su desesperación, le entregó un
anillo que tenía un compartimento secreto, pero le dijo que sólo y
únicamente cuando tuviera un problema que fuera imposible resolverlo, sólo
así lo abriera y allí encontraría la respuesta. El sabio murió y pasaron muchos años. Al rey en varias
ocasiones se le presentaron múltiples problemas. Varias veces estuvo a
punto de romper el sello y abrir el compartimento de la sortija, sin
embargo no lo hizo, posponiéndolo para un problema mayor que no pudiera
ser resuelto. Siguió pasando el tiempo y un día al rey se le presentó un problema tan grande que no podía resolver. Pasaron los días tratando de resolverlo, hasta que no pudo más. Se acordó de lo que le dijo el sabio: «¡Sólo ábrelo cuando tengas un problema que pienses que no tenga solución!». El rey rompió el sello y abrió el compartimento secreto. Adentro había un papelito que decía: «Esto también pasará». _______________________________________ Eso es lo que siempre dijo el Señor: «Abandónate en
Mí, confía en Mí, todo lo que veas difícil y sin solución. ¡Todo pasará
cuando lo pongas en mis manos!» Por más grande que sea tu problema, si te acoges al
amor maravilloso de Dios, todo se resolverá, pues Él todo lo puede, y en
Él y con Él, todo se puede.
El
vendedor de semillas
Un joven soñó que entraba en un supermercado recién
inaugurado y, para su sorpresa, descubrió que Jesucristo se encontraba
atrás del mostrador. —¿Qué vendes aquí? —le preguntó. —Todo lo que tu corazón desee —respondió
Jesucristo. Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo, el joven,
emocionado, se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría
desear: —Quiero tener amor, felicidad, sabiduría, paz de
espíritu y ausencia de todo temor —dijo el joven—. Deseo que en el mundo
se acaben las guerras, el terrorismo, el narcotráfico, las injusticias
sociales, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos. Cuando el joven terminó de hablar, Jesucristo le dice:
—Amigo, creo que no me has entendido. Aquí no vendemos
frutos; solamente vendemos semillas. Convierte en frutos las semillas que
hay en ti. _______________________________________ Muchas veces pedimos que Dios nos lo dé todo hecho, y
si bien es cierto todo lo que pidamos nos será dado si lo pedimos con fe,
Jesús no nos anula y nos permite ser parte de nuestra misma historia,
haciéndonos participar de su voluntad que es BUENA, PERFECTA y AGRADABLE.
O sea, una voluntad que no es mala para nosotros, no tiene defectos y que
además nos va a gustar.
Pide semillas, siémbralas y cosecha los
frutos junto con Jesús. El
verdadero valor de las cosas
Sólo faltaban cinco días para la Navidad. Aún no me
había atrapado el espíritu de estas fiestas. Los estacionamientos llenos,
y dentro de las tiendas el caos era mayor. No se podía ni caminar por los
pasillos. —¿Por qué vine hoy? —me pregunté.
Me dolían los pies lo mismo que mi
cabeza. En mi lista estaban los nombres de personas que decían no querer
nada, pero yo sabía que si no les compraba algo se resentirían. Llené
rápidamente mi carrito con compras de último minuto y me dirigí a las
colas de las cajas registradoras. Escogí la más corta, calculé que serían
por lo menos veinte minutos de espera. Frente a mí estaban dos niños: un
niño de diez años y su hermanita de cinco años. Él estaba mal vestido con
un abrigo raído, zapatos deportivos muy grandes, a lo mejor tres tallas
más grande. Los jeans le quedaban cortos. Llevaba en sus sucias manos unos
cuantos billetes arrugados. Su hermanita lucía como él, sólo que su pelo
estaba enredado. Ella llevaba en sus manos una caja que contenía un par de
zapatos de mujer dorados y resplandecientes. Los villancicos navideños resonaban
por toda la tienda y yo podía escuchar a la niñita tararearlos. Al llegar
a la caja registradora, la niña le dio los zapatos cuidadosamente a la
cajera, como si se tratara de un tesoro. La cajera les entregó el recibo y
dijo: —Son $6.09. El niño puso sus arrugados billetes
en el contador y empezó a rebuscarse los bolsillos. Finalmente contó
$3.12. —Bueno, pienso que tendremos que
devolverlos, volveremos otro día y los compraremos —añadió. Ante esto, la niña dibujó un puchero
en su rostro y dijo: —Pero a Jesús le hubieran encantado
estos zapatos. —Volveremos a casa, trabajaremos un
poco más y regresaremos por ellos. No llores, vamos a volver. Sin tardar yo le alcancé los tres
dólares que faltaban a la cajera. Ellos habían estado esperando en la cola
por largo tiempo y después de todo, era Navidad. En eso, un par de
brazitos me rodearon con un tierno abrazo y una voz me dijo: —Muchas gracias, señor. Aproveché la oportunidad para
preguntarle qué había querido decir cuando dijo que a Jesús le encantarían
esos zapatos. Y la niña con sus grandes ojos redondos me respondió: —Mi mamá está enferma y yéndose al
cielo. Mi papá nos dijo que se iría antes de Navidad para estar con Jesús.
Mi maestra de escuela dominical dice que las calles del cielo son de oro
reluciente, tal como estos zapatos. ¿No se le verá a mi mamá hermosa
caminando por esas calles con estos zapatos? Mis ojos se inundaron al ver una
lágrima bajar por su rostro radiante. —Por supuesto que sí —le respondí.
Y en silencio le di gracias a Dios
por usar a estos niños para recordarme el verdadero valor de las
cosas. Empuja la
vaquita
Un maestro de la sabiduría paseaba por un bosque con
su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y
decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al
aprendiz sobre la importancia de las visitas, también de conocer personas
y las oportunidades de aprendizaje que tenemos de estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los
habitantes, una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas
sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor,
aparentemente el padre de familia y le preguntó: —En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni
puntos de comercio tampoco. ¿Cómo hacen usted y su familia para sobrevivir
aquí? El señor calmadamente respondió: —Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da
varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos
o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la
otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo y así es
como vamos hemos estado viviendo. El sabio agradeció la información, contempló el lugar
por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio del camino, volteó
hacia su fiel discípulo y le ordenó: —Busque la vaquita, llévela al precipicio de allí
enfrente y empújela al barranco. El joven espantado vio al maestro y le cuestionó sobre
el hecho de que la vaquita era el medio de subsistencia de aquella
familia. Mas como percibió el silencio absoluto del maestro,
fue a cumplir la orden. Así que empujo la vaquita por el precipicio y la
vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven
durante algunos años. Un bello día el joven resolvió abandonar todo lo que
había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia,
pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al
lugar, veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, con
carro en el garaje de tremenda casa y algunos niños jugando en el jardín.
El joven se sintió triste y desesperado imaginando que
aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir,
aceleró el paso y llegando allí, fue recibido por un señor muy simpático,
el joven preguntó por la familia que vivía allí hace unos cuatro años, el
señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró
corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hace
algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor –el
dueño de la vaquita–: —¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?
El señor entusiasmado le respondió: —Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el
precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer
otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos.
Así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora. _______________________________________ Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona
alguna cosa básica para nuestra sobrevivencia, la cual es una convivencia
con la rutina, NOS HACE DEPENDIENTES, Y CASI QUE EL MUNDO SE REDUCE A LO
QUE LA VAQUITA NOS PRODUCE. Descubre cuál es tu vaquita y aprovecha la proximidad
del final del milenio para empujarla por el precipicio. Locura: Seguir haciendo lo mismo y esperar resultados
diferentes. Filosofía
canina
Momentos positivos que a veces nos negamos, y que
además no cuestan nada. ¿Alguna vez has intentado actuar con filosofía canina?
Inténtalo: Grabado en
piedra
Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban
por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.
El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en
la arena: «HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGÓ UNA BOFETADA EN EL ROSTRO».
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde
resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a
ahogarse, siendo salvado por el amigo.
Al recuperarse, tomó un estilete y escribió en una
piedra: «HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVÓ LA VIDA».
Intrigado, el amigo preguntó:
—¿Por qué después de que te lastimé escribiste en
la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
—Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir
en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de
borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso,
deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde viento
ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.
Historia
del herrero
Se cuenta la historia del herrero que, después de
una juventud llena de excesos, decidió entregar su alma a Dios.
Durante muchos años trabajo con ahínco, practicó la
caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía andar bien en
su vida, más bien al contrario, sus problemas y sus deudas se acumulaban
día a día.
Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba, y que
sentía compasión por su situación difícil, le comento:
—Realmente es muy extraño que justamente después de
haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado
a empeorar. No deseo debilitar tu fe, pero a pesar de tus creencias en el
mundo espiritual, nada ha mejorado.
El herrero no respondió enseguida. Él ya había
pensando en eso muchas veces, sin entender lo que acontecía con su vida,
sin embargo, como no deseaba dejar al amigo sin respuesta, comenzó a
hablar, y terminó por encontrar la explicación que buscaba. He aquí lo que
dijo el herrero:
—En este taller yo recibo el acero aún sin
trabajar, y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú como se hace esto?
Primero, caliento la chapa de acero a un calor infernal, hasta que se pone
al rojo vivo, enseguida, sin ninguna piedad, tomo el martillo más pesado y
le aplico varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada,
luego la sumerjo en un balde de agua fría, y el taller entero se llena con
el ruido y el vapor, porque la pieza estalla y grita a causa del violento
cambio de temperatura. Tengo que repetir este proceso hasta obtener la
espada perfecta, una sola vez no es suficiente.
El herrero hizo una larga pausa, y siguió:
—A veces, el acero que llega a mis manos no logra
soportar este tratamiento. El calor, los martillazos y el agua fría
terminan por llenarlo de rajaduras. En ese momento, me doy cuenta de que
jamás se transformará en una buena hoja de espada y entonces, simplemente
lo dejo en la montaña de fierro viejo que ves a la entrada de mi herrería.
Hizo otra pausa mas, y el herrero terminó...
—Sé que Dios me está colocando en el fuego de las
aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, y a veces me siento
tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero. Pero la única
cosa que pienso es: «Dios mío, no desistas, hasta que yo consiga tomar la
forma que Tú esperas de mí. Inténtalo de la manera que te parezca mejor,
por el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de fierro
viejo de las almas».
La
apariencia no lo es todo...
John Blanchard se levantó de la banca, alisó su
uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en la Grand
Central Station. Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara
no había visto jamás, la chica con una rosa en su solapa. Su interés en ella había empezado trece meses antes en
una biblioteca de Florida. Al tomar un libro de un estante, se sintió
intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas a
lápiz en el margen. La suave letra reflejaba un alma pensativa y una mente
lucida. En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua
propietaria del libro: Miss Hollis Maynell. Invirtiendo tiempo y esfuerzo,
consiguió su dirección. Ella vivía en la ciudad de Nueva York. Le escribió
una carta presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a
ultramar para servir en la Segunda Guerra Mundial. Durante el año y el mes
que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia.
Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance
comenzaba a nacer. Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó.
Ella pensaba que si él realmente estaba interesado en ella, su apariencia
no debía importar. Cuando finalmente llego el día en que él debía regresar
de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la
Grand Central Station de Nueva York. Ella escribió: —Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en
la solapa. Así que a las siete en punto, él estaba en la
estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara
desconocía. Dejaré que Mr. Blanchard relate lo que sucedió después. “Una joven venía hacia mí, y su figura era larga y
delgada. Su cabello rubio caía hacia atrás en rizos sobre sus delicadas
orejas. Sus ojos eran tan azules como flores. Sus labios y su barbilla
tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro, era como
la primavera encarnada. Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo
que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y
provocativa sonrisa curvó sus labios. —¿Vas en esa dirección, marinero? —murmuró. Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en
ese momento vi a Hollis Maynell. Estaba parada casi detrás de la chica. Era una mujer
de más de cuarenta anos, con cabello entrecano que asomaba bajo un
sombrero gastado. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus
tobillos, lucían unos zapatos de tacón bajo. La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me
sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin
embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu
me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío. Y ahí
estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos
grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos
afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría
que ella me identificara. Esto no seria amor, pero seria algo precioso,
algo quizá aun mejor que el amor: una amistad por la cual yo estaba y
debía estar siempre agradecido. Me cuadré, saludé y le extendí el libro a la mujer, a
pesar de que sentía que, al hablar, me ahogaba la amargura de mi
desencanto. —Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss
Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita.
¿Puedo invitarla a cenar? La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa
tolerante. —No sé de qué se trata todo esto, muchacho
—respondió—, pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me
suplicó que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que,
si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo está
esperando en el restaurante que está cruzando la calle. Dijo que era algo
así como una prueba. _______________________________________ No es dificil entender y admirar
la sabiduría de Miss Maynell. La verdadera naturaleza del corazón se
descubre en su respuesta a lo que no es atractivo. «Dime a quién amas
—escribió Houssaye— y te diré quién eres.»” La calidad
de un hombre
Lao Tse hizo una pregunta a sus discípulos: —¿Cómo se mide la calidad de un hombre? Dijo uno: —Por su sabiduría. Dijo el otro: —Por su fortuna. Dijo un tercero: —Por su fama. Habló Lao Tse, y sus palabras cayeron igual que
monedas de oro en sus alumnos: —La calidad de un ser humano se mide
por la alegría y la felicidad que ha dado a los demás; por que no los ha
hecho sufrir, y porque les ha aliviado los sufrimientos que con la vida
vienen. La calidad de un ser humano, en síntesis, se mide por su
humanidad. Así habló Lao Tse, y sus discípulos supieron que decía
bien. _______________________________________ ¿Cuando entenderemos los hombres que ser
verdaderamente cristiano no significa ser beato o «rezandero»? Mucha gente piensa que ser un cristiano comprometido
significa ser un aguafiestas, aburrido o amargado. ¡Nos han hecho creer
que la santidad es imposible para un hombre normal! Decía Karl Ranher: «El siglo XXI será un siglo de
místicos o no será». Ser santo y ser cristiano significa ser HOMBRE de
verdad, mientras más humanos y solidarios seamos, más coherentes con
nuestra fe seremos, pues recordemos que Dios se hizo hombre en Jesús, para
que el hombre sea divinizado y alcance la filiación divina! Bendiciones P. Charly La corona
del gusano
Dos gusanos vivían en un árbol frondoso. En un
momento dado, uno de ellos, movido de un fuerte impulso interior, comenzó
a encerrarse en un capullo de seda. Hasta ese momento los dos habían sido
grandes amigos.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó espantado su
compañero—. ¿Te has vuelto loco?
El impulso era tan fuerte que el gusano no
respondió. Era un gusano que se emocionaba con facilidad cuando hacía algo
nuevo.
—¿Ya has pensado lo que eso significa? —siguió su
compañero, que era mucho más reflexivo y prudente—. ¡Vas a aislarte del
árbol! ¿Y las jugosas hojas que estás dejando? ¿Y los nuevos brotes del
tallo central? ¡No podrás comer ni moverte por el árbol si te encierras
ahí! .
Dado que su compañero no respondía, el orador
decidió buscar apoyo moral en los demás gusanos y trajo unos cuantos junto
al capullo de seda, que ya estaba por terminarse.
—¡No cierres aún, espera!
Y escuchó al coro de gusanos que decía:
—Mira lo que dejas, mira lo que dejas...
Pero se encerró tras la seda, pues el impulso era
muy fuerte y no podía explicarlo.
Los gusanos se quedaron mirando la cápsula de seda
y pasaron toda la tarde comentando el suceso.
—Se volvió loco —decían—. ¡Qué aburrida debe ser la
vida ahí dentro! ¡Mira lo que se está perdiendo! ¿A quién le cabe en la
cabeza despreciar un árbol tan frondoso?... ¿Tú te encerrarías ahí?...
¡Con lo simpático y joven que era!
Después de un tiempo encontraron el capullo roto y
vacío. No supieron qué pensar, así que decidieron mantener sus opiniones y
seguir mascando hojas y ramitas sin volver a tocar el tema del capullo de
seda.
Mientras tanto una mariposa hermosísima se alejaba
del árbol volando hacia el atardecer.
¿Qué importa ir contra corriente si el fruto de tu
decisión te transforma en lo que siempre soñaste sin saberlo?
La
diferencia entre cielo e infierno
En aquel tiempo, dice una antigua leyenda china, un
discípulo preguntó al vidente:
—Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y
el infierno?
Y el vidente respondió:
—Es muy pequeña, y sin embargo de grandes
consecuencias. Vi un gran monte de arroz cocido y preparado como alimento.
En su derredor había muchos hombres hambrientos casi a punto de morir. No
podían aproximarse al monte de arroz, pero tenían en sus manos largos
palillos de dos y tres metros de longitud. Es verdad que llegaban a coger
el arroz, pero no conseguían llevarlo a la boca porque los palillos que
tenían en sus manos eran muy largos. De este modo, hambrientos y
moribundos, juntos pero solitarios, permanecían padeciendo un hambre
eterna delante de una abundancia inagotable. Y eso era el infierno. «Vi otro gran monte de arroz cocido y preparado
como alimento. Alrededor de él había muchos hombres, hambrientos pero
llenos de vitalidad. No podían aproximarse al monte de arroz pero tenían
en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. Llegaban a
coger el arroz pero no conseguían llevarlo a la propia boca porque los
palillos que tenían en sus manos eran muy largos. Pero con sus largos
palillos, en vez de llevarlos a la propia boca, se servían unos a otros el
arroz. Y así acallaban su hambre insaciable en una gran comunión fraterna,
juntos y solidarios, gozando a manos llenas de los hombres y de las cosas,
en casa. Y eso era el cielo».
La
elección de vivir
Jerry era el tipo de persona que te encantaría odiar.
Siempre estaba de buen humor y siempre tenía algo positivo que decir.
Cuando alguien le preguntaba cómo le iba, él respondía: —Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo. Él era un gerente especial porque tenía varias meseras
que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón porque las
meseras seguían a Jerry era por su actitud. Él era un motivador natural: si un empleado tenía un
mal día, Jerry estaba ahí para decirle al empleado cómo ver el lado
positivo de la situación. Ver este estilo realmente me causó curiosidad, así que
un día fui a buscar a Jerry y le pregunté: —No lo entiendo. No es posible ser una persona
positiva todo el tiempo… ¿Cómo lo haces? Jerry respondió: —Cada mañana me despierto, saludo a Dios con una
oración, le doy gracias por permitirme estar vivo un día más y me digo a
mí mismo: «Jerry, tienes dos opciones hoy: puedes escoger estar de buen
humor o puedes escoger estar de mal humor». Escojo estar de buen humor.
Cada vez que sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o
aprender de ello. Escojo aprender de ello. Cada vez que viene alguien a mí
para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo
de la vida. Escojo el lado positivo de la vida. —Sí… claro… pero no es tan fácil—, protesté. —Sí lo es —dijo—. Todo en la vida es acerca de
elecciones. Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección.
Tú eliges cómo la gente afectará tu estado de ánimo. Tú eliges estar de
buen humor o mal humor. En resumen: TÚ ELIGES CÓMO VIVIR LA VIDA. DIOS nos
concedió ese Don. Reflexioné en lo que me dijo Jerry. Poco tiempo
después, dejé la industria de restaurantes para iniciar mi propio negocio.
Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba en Jerry cuando tenía que
hacer una elección en la vida en vez de reaccionar a ella. Varios años más tarde, me enteré que Jerry hizo algo
que nunca debe hacerse en un negocio de restaurante. Dejó la puerta de
atrás abierta una mañana y fue asaltado por tres ladrones armados.
Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano, temblando por el
nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y
le dispararon. Con mucha suerte, Jerry fue encontrado relativamente
pronto y llevado de emergencia a una clínica. Después de 18 hrs. de
cirugía y semanas de terapia intensiva, Jerry fue dado de alta aún con
fragmentos de bala en su cuerpo. Me encontré con Jerry seis meses después
del accidente y cuando le pregunté cómo estaba, me respondió: —Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo. Le pregunté qué pasó por su mente en el momento del
asalto. Contestó: —Lo primero que me vino a la mente fue que debí haber
cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba tirado en el piso
recordé que tenía dos opciones: Podía elegir vivir o podía elegir morir.
Elegí vivir. —¿No sentiste miedo? —le pregunté. Jerry continuó: —Los médicos fueron geniales. No dejaban de decirme
que iba a estar bien. Pero cuando me llevaron al quirófano y vi las
expresiones en las caras de médicos y enfermeras, realmente me asusté.
Podía leer en sus ojos: «es hombre muerto». Supe entonces que debía tomar
acción. —¿Qué hiciste? —pregunté. —Bueno… primero le di gracias a DIOS porque hasta
ahora me había dejado vivir y le dije: «Quiero seguir viviendo, pero que
se haga tu voluntad, no la mía». Después, uno de los médicos me preguntó
si era alérgico a algo y respirando profundo grité: «¡SÍ, a las balas…!»
Mientras reí les dije: «Estoy escogiendo vivir… opérenme como si estuviera
vivo, no muerto y no se preocupen, DIOS decide el resto». Jerry vivió sin lugar a dudas gracias a DIOS. ÉL le
dio maestría a los médicos para no fallar en la operación... y la
asombrosa actitud y decisión de Jerry fue crucial. Aprendí que cada día tenemos la elección de vivir
plenamente. Recuerda que la actitud positiva es
nuestra decisión. Es un Don que DIOS nos regaló!!! La
esperanza de un sueño
Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al
sol. Muy cerca del camino se encontraba un grillo. —¿Hacia dónde te diriges?, —le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó: —Tuve un sueño anoche. Soñé que desde la punta de la
gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he
decidido realizarlo. Sorprendido, el grillo dijo mientras su amigo se
alejaba: —¡Debes de estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel
lugar? Tú, ¡una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño
charco un mar, y cualquier tronco una barrera infranqueable. Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus
diminutos pies no dejaron de moverse. De pronto se oyó la voz de un
escarabajo: —¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?. Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: —Tuve un sueño y deseo realizarlo. Subiré a esa
montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo. El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la
carcajada y luego dijo: —Ni yo, con patas tan grandes, intentaría una empresa
tan ambiciosa. Él se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la
oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos
centímetros. Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor
aconsejaron a nuestro amigo a desistir. —¡No lo lograrás jamás! —le decían, pero en su
interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió
parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde
pernoctar. —Estaré mejor —, fue lo último que dijo, y murió. Todos los animales del valle por días fueron a mirar
sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo. Había construido
como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio,
digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable. Una mañana en la que el sol brillaba de una manera
especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se
había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron
atónitos. Aquella concha dura comenzó a quebrarse y, con asombro, vieron
unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta.
Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del
impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel
impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa. No hubo nada que decir, todos sabían lo qué haría: se
iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por el
que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a
vivir. Todos se habían equivocado. Dios nos ha creado para realizar un sueño. Vivamos por
él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y, si nos damos cuenta
de que no podemos, quizás necesitemos hacer un alto en el camino y
experimentar un cambio radical en nuestras vidas. Y entonces, con otro
aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo
lograremos. Es buscando lo imposible como los hombres han
encontrado y alcanzado lo posible, y aquellos que se limitaron a lo que
visiblemente era posible, nunca dieron un paso.
La historia de Pedrito El primer día de clase que Doña Tomasa se enfrentó a
sus alumnos de quinto grado, les dijo que ella trataba a todos los alumnos
por igual y que ninguno era su favorito. En la primera fila sentado estaba
Pedrito, un niño antisociable, con una actitud intolerable, el cual
siempre andaba sucio y todo despeinado. El año anterior, Doña Tomasa había
tenido a Pedrito en una de sus clases. Doña Tomasa veía a Pedrito como un
niño muy antipático. A ella le daba mucho gusto poder marcar con lápiz rojo
todo el trabajo que Pedrito entregaba con una «F». En la escuela donde
Doña Tomasa enseñaba se le requería revisar el archivo de historia de cada
alumno y el de Pedrito fue el último que ella revisó. Cuando empezó a leer el archivo de Pedrito, se
encontró con varias sorpresas. La maestra de Pedrito de primer grado había
escrito: «Pedrito es un niño muy brillante y muy amigable, siempre tiene
una sonrisa en sus labios. Él hace su trabajo a tiempo y tiene muy buenos
modales. Es un placer tenerlo en mi clase». La maestra de segundo grado: «Pedrito es un alumno
ejemplar, muy popular con sus compañeros, pero últimamente muestra
tristeza porque su mamá padece de una enfermedad interminable». La maestra de tercer grado: «La muerte de su mamá ha
sido muy difícil para él. Trata de hacer lo mejor que puede, pero sin
interés. El papá no demuestra ningún interés en la educación de Pedrito.
Si no se toman pasos serios, esto va afectar la vida de Pedrito». La maestra de cuarto grado: «Pedrito no demuestra
interés en la clase. Cada día se cohibe más. No tiene casi amistades y
muchas veces duerme en clase». Después de leer todo esto, doña Tomasa sintió
vergüenza por haber juzgado a Pedrito sin saber las razones de su actitud.
Se sintió peor cuando todos sus alumnos le entregaron regalos de Navidad
envueltos en fino papel, con excepción del regalo de Pedrito, que estaba
envuelto en un cartucho de la tienda. Doña Tomasa abrió todos lo regalos y
cuando abrió el de Pedrito, todos los alumnos se reían al ver lo que se
encontraba dentro. En el cartucho había una botella con un cuarto de
perfume y un brazalete, al cual le faltaba algunas de las piedras
preciosas. Para suprimir las risas de sus alumnos, se puso inmediatamente
aquel brazalete y se echó un poco del perfume en cada muñeca. Ese día
Pedrito se quedó después de la clase y le dijo a la maestra: —Doña Tomasa, hoy usted huele como mi mamá. Después de haberse ido todos, doña Tomasa se quedó
llorando por una hora. Desde ese día cambió su materia. En vez de enseñar
lectura, escritura y aritmética, escogió enseñar a los niños. Doña Tomasa
empezó a ponerle más atención a Pedrito. Ella notaba que mientras más
ánimos le daba a Pedrito, más entusiasmado reaccionaba él. Al final del
año, Pedrito se convirtió en el más inteligente de la clase y a pesar de
que doña Tomasa había dicho el primer día de clase que todos los alumnos
iban a ser tratados por igual, Pedrito era su preferido. Pasaron cuatro años y doña Tomasa recibió una nota de
Pedrito, la cual decía que se había graduado de la secundaria y que había
terminado en tercer lugar. También le decía que ella era la mejor maestra
que él había tenido. De ahí pasaron seis años cuando doña Tomasa volvió a
recibir noticias de Pedrito. Esta vez le escribía que se le había hecho muy
difícil, pero que muy pronto se graduaría de la universidad con honores y
le aseguró a doña Tomasa que todavía ella seguía siendo la mejor maestra
que había tenido en su vida. Pasan cuatro años más, cuando doña Tomasa vuelve a
saber de Pedrito. En esta carta él le explicaba que había adquirido su
postgrado y que había decidido seguir su educación. En esta carta Pedrito
también le recordaba que ella era la mejor maestra que había tenido en su
vida. Esta vez la carta estaba firmada por: «Dr. Pedro Altamira». Bueno, el cuento no termina ahí. En la primavera, doña
Tomasa volvió a recibir una carta de Pedrito donde le explicaba que había
conocido a una muchacha con la cual se iba a casar y quería saber si doña
Tomasa podía asistir a la boda y tomar el lugar reservado usualmente para
los padres del novio. También le explicaba que su papá había fallecido
varios años atrás. Claro que doña Tomasa aceptó con mucha alegría y el día
de la boda se puso aquel brazalete sin brillantes que Pedrito le había
regalado y también el perfume que la mamá de Pedrito usaba. Cuando se encontraron, se abrazaron muy fuerte y el
Dr. Altamira le dijo en el oído muy bajito: —Doña Tomasa, gracias por haber creído en mí. Gracias
por haberme hecho sentir que era importante y que yo podía hacer la
diferencia. Doña Tomasa, con lágrimas en los ojos, le respondió:
—Pedro, estás equivocado. Tú fuiste el que me enseñó
que yo podía hacer la diferencia. ¡Yo no sabía enseñar hasta que te conocí
a ti!
¡Podemos hacer la diferencia!
La lección
de piano
Deseando animar que su nieto progresara en sus
lecciones de piano, su abuela lo llevó a un concierto de Paderewski.
Después de que ocuparon sus respectivos lugares, la
abuela reconoció a una amiga en la audiencia y dejando a su nieto, se
dirigió hacia ella.
Teniendo la oportunidad de explorar las maravillas
de ese viejo teatro, el pequeño niño recorrió algunos de los lugares y
posteriormente logró llegar a una puerta donde escrito estaba el anuncio
de “Prohibida la entrada”, pero esto no le importo a pequeño.
Cuando se anunció la tercera llamada y las luces
empezaron a apagarse y la función estaba apunto de empezar, la abuela
regresó a su lugar, descubriendo horrorizada que su nieto no estaba en su
lugar. Inmediatamente las grandes cortinas se abrieron y los reflectores
apuntaron hacia el centro del escenario.
Sorprendida, la abuela vio a su pequeño nieto
sentado en el piano, inocentemente tocando: “Twinkle, twinkle Little
Star”.
En ese momento, el gran maestro de piano hizo su
entrada y rápidamente se dirigió hacia el piano y susurro al oído de
pequeño:
—No pares hijo, sigue tocando, lo estás haciendo
muy bien.
Entonces, inclinándose hacia el piano, Paderewski,
empezó a hacer un acompañamiento junto al niño con su brazo izquierdo.
Pronto su brazo derecho alcanzó el otro lado para realizar un “obbligato”.
Juntos, el viejo maestro y el pequeño novicio,
trasformaron la embarazosa escena en una maravillosa y creativa
experiencia. La audiencia estaba muy entusiasmada.
Esa es la forma en que Dios trabaja junto a
nosotros. Él está siempre a nuestro lado cambiando nuestros pequeños
esfuerzos hacia convertirlos en grandes cosas, susurrándonos al oído: “No
pares hijo, sigue intentando, lo estás haciendo muy bien”.
La mano
del Maestro
Estaba golpeado y marcado, y el rematador en una
subasta pensó que por su escaso valor no tenía sentido perder demasiado
tiempo con el viejo violín. Pero lo levantó con una sonrisa. —¿Cuánto dan por mí, señores? —gritó—. ¿Quién empezará
a apostar por mí? —Un dólar. Un dólar. Después, dos dólares. —¿Sólo dos? ¿Quién da tres?, —Tres dólares. —Tres dólares, a la una; tres dólares a las dos; y van
tres... Pero NO, desde el fondo de la sala un hombre canoso se
adelantó y recogió el arco; luego, después de quitar el polvo del violín y
estirado las cuerdas flojas, las afinó y tocó una melodía pura y dulce
como un coro de ángeles. Cesó la música y el rematador, con una voz silenciosa
y baja, dijo: —¿Cuánto me dan por el viejo violín? —y lo levantó en
alto con el arco. —Mil dólares... —Y... ¿quién da dos? —¡Dos mil! —¿Y quién da tres? —¡Tres mil! —Tres mil a la una, tres mil a las dos; y se va y se
fue —dijo. La gente aplaudía, pero alguno decían: —No entendemos bien, ¿qué cambió su valor? La respuesta no se hizo esperar: —¡La Mano del Maestro! _______________________________________ ¿Saben? Nuestras vidas pueden valer poco o mucho,
según sean las manos de quién nos utilice. Muchos están en manos de los vicios; otros, en los
juegos, mas otros en cambio están siendo usados por las manos del Maestro
por excelencia: Jesús. Sin importar si la gente da poco por tu vida, puede ser mejor y más valiosa si dejas que tu amigo, Jesús, sea tu Maestro. La pesadilla Tuve un sueño, y no puedo olvidarlo. Soñé que un hombre se presentó al juicio de Dios, y le decía: —Señor, he cumplido tu ley, porque no he cometido ninguna maldad: No he robado, ni matado a nadie, jamás falté al templo, he cumplido todos tus preceptos... Además, nadie te ha amado como lo he hecho yo... Fíjate Señor, en mis manos: ¡Las tengo perfectamente limpias...! A lo que Dios le respondió: —¡Es cierto!, las tienes muy limpias... Pero qué lastima que estén tan vacías... (Raoul Follereau) —————— Bien decía con mucha sabiduría el apóstol san Juan: “Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve” (I Juan 4, 20). “Pues si uno tiene bienes y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿cómo puede tener amor de Dios en su corazón? Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos” (I Juan 3, 17-18). Con qué facilidad olvidamos que la mejor forma que tenemos para honrar a Dios, es haciéndolo con los más pequeños y desvalidos que nos rodean. No honraras a Dios llenado su altar de oro plata o piedras preciosas. Sí lo harás, en cambio, siendo generoso con los otros y ayudando al pobre. Es más, no ofendes a Dios cuando pronuncias una blasfemia, pero en cambio, le asestas un duro golpe cuando le robas al pobre y te vuelves insensible con la miseria de los que te rodean. P. Carlos E. García CJM La Última Cena A Leonardo Da Vinci le llevó siete años completar su
famosa obra titulada «La Última Cena». Las figuras que representan a los
doce apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que
sería el modelo para ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esta obra,
cientos de jovenes se presentaron ante Leonardo Da Vinci para ser
seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad
inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las
cicatrices y los rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de algunos meses de búsqueda,
seleccionó a un joven de 19 años de edad como su modelo para pintar la
figura de Jesús. Por seis meses, Leonardo trabajó para lograr pintar al
personaje principal de esta magnánima obra. Durante los seis siguientes años, Da Vinci continuó su
obra buscando a las personas que representarían a los once apóstoles;
dejando para el final a aquel que representaría a Judas, el apóstol que
traicionó a Cristo por 30 monedas de plata. Por semanas estuvo Da Vinci buscando a un hombre con
una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de avaricia,
decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificaría a
una persona que sin duda alguna traicionaría a su mejor amigo. Después de muchos fallidos intentos en la búsqueda de
este modelo, llegó a los oídos de Leonardo que existía un hombre con estas
características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a
muerte por haber llevado una vida de robo y asesinatos. Da Vinci viajó a Roma en cuanto supo esto. Este hombre
fue llevado a la vista de Da Vinci a la luz del sol. Leonardo vio ante él
a un hombre sin vida; un hombre cuyo maltratado cabello largo caía sobre
su rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin
Leonardo Da Vinci había encontrado a quien modelaría a Judas en su
obra. Por medio de un permiso del rey, este prisionero fue
trasladado a Milán, al estudio de Leonardo. Por varios meses, este hombre
se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista continuaba
con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había
traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio el último trazo a su obra, se
volvió a los guardias del prisionero y les dio la orden de que se lo
llevaran. Mientras salían del recinto de Da Vinci el prisionero se soltó y
corrió hacia Leonardo gritándole: —¡Da Vinci, obsérvame! ¿No reconoces quién soy? Leonardo Da Vinci lo estudió cuidadosamente y le
respondió: —Nunca te había visto en mi vida, hasta aquella tarde
fuera del calabozo de Roma. El prisionero levantó sus ojos al cielo, cayó de
rodillas al suelo y gritó desesperadamente: —¡Oh, Dios! ¿Tan bajo he caído? Después volvió nuevamente su rostro al artista y le
gritó: —¡Leonardo Da Vinci! ¡Mírame nuevamente, pues yo soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años! Hace seis años representé a Cristo y ahora represento a su traidor. _______________________________________ ¿Tanto podrá cambiar el rostro de un hombre por el tipo de vida que lleva? La Vanidad humana Se cuenta de Don Pedro II, emperador del Brasil, que
compadecido de ver tantos pobres enfermos que andaban tirados por las
calles, o morían abandonados en míseras casuchas, formó el propósito de
levantar en Río de Janeiro un gran hospital para poder dar cabida a todo
necesitado: para esto acudió a los buenos sentimientos de su pueblo. Pero
el pueblo no respondió al llamamiento como él esperaba y los ricos se
hicieron de oído sordo. ¿Qué hizo entonces el monarca? Conociendo los deseos
de los ricos plebeyos en acceder a un título nobiliario, mandó proclamar
un pregón en el cuál se invitaba a todos los que aportaran una cantidad
considerable de dinero, para fines benéficos, serían condecorados por el
Emperador con títulos nobiliarios de marqueses, duques y condes según
fuese la cantidad del donativo. Además todos los oferentes serían
homenajeados en una gran placa de mármol en el frontispicio del nuevo
hospital de beneficencia. Pronto se llenó la lista, y el levantar el hospital
fue ya cosa de poco tiempo. El día de su inauguración, fue grande la
expectación por ver la gran placa de mármol cubierta en terciopelo rojo,
colocada en la parte central del frontispicio. Cuando Don Pedro develó la
placa, todo el pueblo pudo leer estas palabras en letras de oro: “Vanitas Humana, miseriae humanae” | |