Tesoros

Los Tesoros que presentamos aquí son una selección de las historias y reflexiones contenidas en la Lista de Interés Tesoros Nuevos y Viejos que dirige el padre Carlos García Llerena CJM.

Lista de Tesoros


Acciones y valores

Su nombre era Fleming y el era un pobre agricultor inglés. Un día, mientras trataba de ganarse la vida para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano. Inmediatamente, solto sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvo al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.

El siguiente día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés. Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.

—Yo quiero recompensarlo —dijo el noble inglés—. Usted salvó la vida de mi hijo.

—No. Yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice—, respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.

En ese momento, el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.

—¿Es ese su hijo? —preguntó el noble inglés.

—Sí —respondió el agricultor, lleno de orgullo.

—Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.

El agricultor aceptó. Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary’s Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo: el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina.

Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía.

¿Qué lo salvó? La Penicilina.

¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.

¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.

Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos.
Trabaja como si no necesitaras el dinero.
Ama como si nunca te hubieran herido
Baila como si nadie te estuviera mirando.

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Alumbrando a otros

Hace cientos de años, había un hombre en una ciudad de Oriente. Un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo. EI amigo lo mira y de pronto lo reconoce Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo entonces, le dice: ¿Que haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves…

Entonces, el ciego le responde: -Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí… No sólo es importante la luz que me sirve a mí sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.

¿No sabes que alumbrando a otros, también me beneficio yo, pues evito que me lastimen otros que no podrían verme en la oscuridad?-

Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.

MORALEJA: Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil, muchas veces en vez de alumbrar, oscurecemos mucho más el camino de los demás. ¿Cómo? A través el desaliento, la crítica, el egoísmo el desamor, el odio, el resentimiento…¡Que hermoso sería si todos ilumináramos los caminos de los demás, sin fijarnos si lo necesitan o no!. Llevar luz y no oscuridad. Si toda la gente encendiera una luz, el mundo entero estaría iluminado y brillaría día a día con mayor intensidad.

Todos pasamos por situaciones difíciles a veces, todos sentimos el peso del dolor en determinados momentos de nuestras vidas, todos sufrimos en algunos momentos y lloramos en otros. Pero no debemos proyectar nuestro dolor cuando alguien desesperado busca ayuda en nosotros. No debemos exclamar como es costumbre: «La vida es así» llenos de rencor y de odio. No debemos… al contrario, ayudemos a los demás sembrando esperanza en ese corazón herido. Nuestro dolor es y fue importante, pero se minimiza si ayudamos a otros a soportarlo, si ayudamos a otro a sobrellevarlo

Luz, demos luz. Tenemos en el alma el motor que enciende cualquier lámpara, la energía que permite iluminar en vez de oscurecer. Está en nosotros saber usarla. Está en nosotros ser Luz y no permitir que los demás vivan en las tinieblas.

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Anéctoda de un recién nacido

En una ocasión una pareja de jóvenes llevaron su recién nacido al hospital ya que parecía estar muy enfermo. Durante días todo lo que comía lo vomitaba y no paraba de llorar.

Aquel bebé fue sometido a toda clase de exámenes por diferentes médicos y ninguno encontraba alguna razón para esta situación.

Un ministro y consejero cristiano tuvo la oportunidad de conversar con los padres. Al cabo de un rato, él supo lo que le pasaba al niño: ¡Se quería suicidar!

Aquella criatura había nacido por «accidente» y no era deseado por sus padres, de manera que desde antes de nacer experimentaba rechazo. Aquella criatura percibió todo lo que los padres proyectaban.

Luego de la conversación con el consejero, la madre tomó al niño, le pidió perdón y lo acarició. El niño sorprendentemente empezó a tomar de la leche que aquella madre le ofrecía. ¿Entiendes ahora el poder destructivo del rechazo

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Avivemos nuestra llama espiritual

Cuentan que un rey muy rico de la India tenía fama de ser indiferente a las riquezas materiales. Un súbdito quiso averiguar su secreto. El rey le dijo:

—Te lo revelaré, si recorres mi palacio para comprender la magnitud de mi riqueza. Pero lleva una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré.

Al término del paseo, el rey le preguntó:

—¿Qué piensas de mis riquezas?

La persona respondió:

—No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se apagara.

El rey le dijo:

—Ese es mi secreto. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera.

Avivemos nuestra llama espiritual. No sólo tendremos mejores relaciones interpersonales, sino que seremos más felices.

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Carta de un hijo abortado

Soy tu hijo. ¿Recuerdas? El que debió ser mi padre andaba fuera del país. No bastaron las promesas de amor que le escribías, ni tu honestidad, ni tu familia.

En su ausencia surgió otro hombre. De ese romance fui engendrado yo. ¡Qué gratos recuerdos guardo, mama, de los tres meses y 21 días que me acunaste en tu vientre! ¡Me sentía tan seguro!

Qué bonito era sentir tus caricias, escuchar el timbre dulce de tu voz, jugar con tu universo interno. Sin embargo, había que blanquear el desliz, tenia que morir el delator. Y ese era yo.

Por entonces supe de los problemas y de las discusiones con tu amante, mi padre. Él quería verme nacido y tú no.

¡Qué peleas! Hasta que le arrancaste el dinero que costo mi defunción. A todo le ponen precio. Hasta al asesinato de un inocente.

—¡Qué caros son los abortos!, —comentaste.

Mas no hay tiempo que esperar, lo que tenga que ser, será.

No justifico tu crimen, mamá, pero lo perdono. Lo que no me cabe en la cabeza es la maldad de aquella bestia vestida de blanco.

¡Qué dolor tan horrible! Cuando me apuntaba con aquella enorme aguja que anunciaba el fin de mi vida.

Recuerdo que en ese momento, presintiendo el final, rompí en llanto incesante, pero ni tú ni él pudieron escucharme.

Quise huir, alejarme de aquel extraño monstruo que amenazaba con destruirme. Mi ritmo cardiaco iba aumentando, sobrepasaba los 200 latidos por minuto. Me agitaba, me convulsionaba lo mas fuerte posible para evitar el contacto con el tubo letal. Pero el espacio era reducido y el agresor llevaba las de ganar.

Finalmente y para desgracia mía, la punta de succión se adhirió a una de mis piernitas. La desprendió de un tajo.

Mutilado y con un dolor que no imaginas, seguí moviéndome cada vez más lento, pues aquél ambiente antes líquido, se convirtió en algo demasiado seco. La punta de la aspiradora me seguía insistentemente. El médico la introducía y buscaba a ciegas. Le daba lo mismo arrancarme una piernita, un bracito o mi tronco. Para el asesinato en si, no existe ningún procedimiento técnico.

Yo seguí llorando en una agonía impresionante. El tubo volvió a alcanzarme, esta vez enganchándome un bracito, que también fue desprendido.

Negándose a morir, mi cuerpecito desgarrado seguía sacudiéndose. La manguera jalaba mi tronco, tratando de arrancarlo de la cabeza.

Al fin lo logró. El desmembramiento fue total, solo mi cabeza quedó dentro.

Ésta era demasiado grande para ser succionada; así que el médico introdujo unas poderosas pinzas y con ellas la aplastó.

¡Qué horrible! Mi tierna cabecita explotó como una nuez. Para entonces ya tenía rato de estar muerto. No sentía nada. Me tragó por completo la sanguinaria aspiradora.

Sé que lo sucedido a ti te traumatizó. Conozco, mamá, tus largas noches en vela y tus sobresaltos. Sé que me amas, pues sueñas conmigo; y más de una vez te has preguntado, con remordimiento si soy niña o niño. ¡Oh, qué alegrías te hubiera traído! ¿Sabes mami que a los niños no deseados, al nacer son más amados?

¡Soy un niño! Me parezco más a ti que al seductor que te engañó. ¡Cómo vas a olvidar, yo a cada momento pido a Dios que borre de tu mente esas pesadillas que turban tu descanso y te dan muerte en vida!

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Cosas de Dios

¿No te parece extraño cómo un billete de S/. 20.00 «parece» tan grande cuando lo llevas a la Iglesia, pero tan pequeño cuando lo llevas a las tiendas?

¿No te parece extraño cuán larga parece una hora cuando oímos de DIOS, pero cuán corta cuando dos equipos juegan fútbol por «sólo» 90 minutos?

¿No te parece extraño qué larga parece una hora cuando estás en la Iglesia, pero qué cortas son cuando estás divirtiéndote en algún lugar?

¿No te parece extraño que no puedes pensar en algo que decir cuando rezas, pero no tienes ninguna dificultad en pensar cosas de qué conversar con un amigo?

¿No te parece extraño cuánto nos emocionamos cuando un juego de fútbol se extiende tiempo extra, pero nos quejamos cuando el sermón es un poquito más largo que lo usual?

¿No te parece extraño lo difícil que es leer un capítulo de la Biblia, pero qué fácil es leer 100 páginas de cualquier revista popular?

¿No te parece extraño cómo las personas desean los asientos del frente en cualquier juego o concierto, pero hasta se esfuerzan para buscar los asientos de atrás en las Iglesias?

¿No te parece extraño que necesitemos dos o tres semanas de aviso para incluir un evento de la Iglesia en nuestra agenda, pero podemos ajustar nuestra agenda para otros eventos en el último momento?

¿No te parece extraño lo difícil que es aprender una verdad simple del Evangelio para compartirla con otros, pero qué fácil es para las mismas personas entender y repetir un chisme?

¿No te parece extraño cómo creemos rápida y fácilmente lo que dicen los periódicos, pero cuestionamos lo que dice la Biblia?

¿No te parece extraño que todos quieran ir al cielo, siempre y cuando no tengan que creer, o pensar, o decir, o hacer alguna cosa que requiera esfuerzo?

¿No te parece extraño cómo podemos enviar miles de chistes por correo electrónico y se esparcen como reguero de pólvora, pero cuando empezamos a enviar mensajes acerca de DIOS, la gente lo piensa dos veces antes de compartirlos con otros?

ES EXTRAÑO, ¿NO TE PARECE?...

¿Te estás riendo?... ¿Estás reflexionando?...

¡No tengas miedo de hablar de DIOS y dar gracias al SEÑOR porque ÉL es bueno!

Ahora que has leído este mensaje, envíalo a todas las personas que consideres tus amigos. Si no lo haces, simplemente tú y ellos se perderán la bendición de que les recuerden algo tan importante.

No tendrás mala suerte, porque la suerte no es algo ordenado por DIOS, simplemente habrás dejado de compartir algo «realmente importante», con los demás.

Que Dios los Bendiga.

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Déjaselo a Dios

Se encontraba una vez un hombre impartiendo un retiro espiritual al aire libre. Al finalizar una de las charlas, una mujer se acercó muy contenta para contarle lo mucho que había aprendido y cómo había quedado impactada. El hombre se sintió muy bien y preguntó:

—Y, ¿cuál de las palabras que dije fueron de las que le causaron tanto impacto?

Ella respondió:

—Ah bueno, pues realmente ninguna. Resulta que cuando usted estaba hablando, sacó un pañuelo blanco para secar su frente, y en ese momento, al ver la blancura del pañuelo, me di cuenta de que tenía mucha suciedad en mi consciencia, y me comprometí con Dios para luchar y que mi conciencia llegara a estar tan blanca como ese pañuelo.

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Cuántas veces creemos que las cosas que hacemos es por nuestra capacidad o habilidades. O por el contrario, creemos que no podemos hacer nada pues carecemos de aptitudes. Pues bien, dice en el libro de los Proverbios 3,5: “No confíes en tu propia inteligencia, sino preséntalo todo a Dios en oración”.

Lo que podamos hacer por nosotros mismos o por los demás no depende solamente de lo que Dios nos ha dado sino de Dios mismo. Al igual que con la historia, a Dios le bastó un pañuelo blanco para poner a reflexionar el corazón de aquella mujer.

Por eso, no confíes en tus palabras, sino en Dios. Y tampoco creas que no eres digno de que Dios te utilice para cambiar la vida de otras personas.

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Donando sangre

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un Hospital de Stanford, conocí a una niñita llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de cinco años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla.

El doctor explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi dudar por solo un momento antes de tomar un gran suspiro y decir:

—Sí, lo haré, si eso salva a Liz.

Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana y sonriente, mientras nosotros lo asistíamos a él y a su hermana, viendo retornar el color a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa:

—¿A qué hora empezaré a morirme?

Siendo sólo un niño, no había comprendido al doctor; él pensaba que le daría toda su sangre a su hermana. Y aún así se la daba.

Da todo por quien ames.

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El acusado

Cuenta una antigua leyenda, que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer.

En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente de reino, y por eso, desde el primer momento se procuró un «chivo expiatorio», para encubrir al culpable.

El hombre fue llevado a juicio, ya conociendo que tendría escasas o nulas posibilidades de escapar al terrible veredicto: ¡¡ La horca !!

El juez, también complotado, cuidó, no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo. Por ello dijo al acusado:

—Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras «culpable» e «inocente». Tu escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino.

Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: «CULPABLE» , y la pobre víctima, aún sin conocer los detalles, se daba cuenta de que el sistema propuesto era una trampa.

No había escapatoria. El juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados elevando una ungida oración, y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y con una extraña sonrisa, tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente.

Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente...

—Pero, ¡¿que hizo...?!, y ¿ahora...? ¡¿Cómo vamos a saber el veredicto...?!

—Es muy sencillo —respondió el hombre—. Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué...

Con rezongos y bronca mal disimulada, debieron liberar al acusado, salvando la vida milagrosamente.

(Autor desconocido)

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Muchas veces los hijos de Dios nos encontramos en situaciones semejantes en manos de los hijos de las tinieblas. ¿Qué debemos hacer cuando el mundo se confabula contra nosotros? ¿Podrá verdaderamente Dios auxiliarnos?

Dice el libro del Eclesiástico: «Miren lo sucedido en otras generaciones, nadie que confiara en el Señor se vio decepcionado; nadie que lo honrara fielmente se vio abandonado; a todos los que le invocaron, Él los escuchó. Porque el Señor es tierno y compasivo, perdona los pecados y salva en el tiempo de la aflicción» (Eclo 2, 10-11).

Miremos el ejemplo que nos propone esta antigua leyenda, cuando nuestro hombre virtuoso fue conminado a participar en el fraude, aunque estaba en desventaja y quisieron involucrar a su propio Dios. Él cerró los ojos y elevó una profunda oración a Dios. Fue allí cuando el Espíritu Santo salió en su defensa como realmente nos lo promete Jesús en el Evangelio de san Marcos:

«Cuídense ustedes mismos: porque los entregarán a las autoridades y los golpearán en las sinagogas. Los harán comparecer ante gobernadores y reyes por causa mía; así podrán dar testimonio de mí delante de ellos... Y no se preocupen ustedes por lo que hayan de decir cuando los entreguen a las autoridades. En esos momento (hagan) digan lo que Dios les dé a decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo... Todo el mundo los odiará a ustedes por causa mía; pero el que siga firme hasta el fin, será salvo» (Marcos 13, 9-13).

Mi querido hermano, cuando sientas que el mundo se vuelve contra ti, no desesperes. Confía en el Señor y verás que él te salvará en la hora de la adversidad.

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El águila y la tormenta

¿Sabías que un águila sabe cuando una tormenta se acerca mucho antes de que empiece?

El águila volará a un sitio alto para esperar los vientos que vendrán. Cuando llega la tormenta, coloca sus alas para que el viento las agarre y le lleve por encima de la tormenta. Mientras que la tormenta esté destrozando abajo, el águila vuela por encima de ella.

El águila no se escapa de la tormenta. Simplemente usa la tormenta para levantarse más alto. Se levanta por los vientos que trae la tormenta.

Cuando las tormentas de vida nos vienen —y todos nosotros vamos a pasar por ello—, podemos levantarnos por encima poniendo nuestras mentes y nuestra fe hacia Dios.

Las tormentas no tienen que pasar sobre nosotros. Podemos dejar que el poder de Dios nos levante por encima de ellas. Dios nos permite ir con el viento de la tormenta que trae enfermedad, tragedia, y demás cosas en nuestras vidas. Podemos volar sobre la tormenta.

Recuerda, no son los pesos de la vida lo que nos lleva hacia abajo, sino el como los manejamos.

La Biblia dice, Isaías 40,31: «Pero los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansaran; caminaran, y no se fatigarán».

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El bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere buena semilla, buen abono y riego constante.

También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: «¡Crece, maldita seas!»...

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de solo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!

¿Tardó solo seis semanas crecer?.

No. La verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.

Es tarea difícil convencer al impaciente que solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.

De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creeremos que nada está sucediendo.

Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que en tanto no bajemos los brazos ni abandonemos por no «ver» el resultado que esperamos, sí está sucediendo algo dentro nuestro: estamos creciendo, madurando.

Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando este al fin se materialice.

El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación.

Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.

Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.

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El bordado de Dios

Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando.

Yo observaba el trabajo de mi mamá desde una posición más baja que donde estaba sentada ella, así que siempre me quejaba diciéndole que desde mi punto de vista lo que estaba haciendo me parecía muy confuso.

Ella me sonreía, miraba hacia abajo y gentilmente me decía:

—Hijo, ve afuera a jugar un rato y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo desde mi posición.

Me preguntaba por qué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba. Unos minutos más tarde escuchaba la voz de mi mamá diciéndome:

—Hijo, ven y siéntate en mi regazo.

Yo lo hacía de inmediato y me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo se veía tan confuso. Entonces mi mamá me decía:

—Hijo mío, desde abajo se veía confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba. Había un diseño, sólo lo estaba siguiendo. Ahora míralo desde mi posición y sabrás lo que estaba haciendo.

Muchas veces a lo largo de los años he mirado al Cielo y he dicho:

—Padre, ¿qué estás haciendo?

Él responde:

—Estoy bordando tu vida.

Entonces yo le replico:

—Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los hilos parecen tan oscuros, ¿por qué no son más brillantes?.

El Padre parecía decirme:

—Mi niño, ocúpate de tu trabajo... y yo haciendo el mío, un día te traeré al cielo y te pondré sobre mi regazo y verás el plan desde mi posición. Entonces entenderás...

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El equilibrista

En Nueva York se han construido dos rascacielos impresionantemente altos, a treinta metros de distancia uno del otro. Un famoso equilibrista tendió una cuerda en lo más alto de estos edificios gemelos con el fin de pasar caminando sobre ella. Antes dijo a la multitud expectante:

—Me subiré y cruzaré sobre la cuerda, pero necesito que ustedes crean en mí y tengan confianza en que lo voy a lograr...

—Claro que sí—, respondieron todos al mismo tiempo.

Subió por el elevador y ayudándose de una vara de equilibrio comenzó a atravesar de un edificio a otro sobre la cuerda floja.

Habiendo logrado la hazaña, bajó y dijo a la multitud que le aplaudía emocionada:

—Ahora voy a pasar por segunda ocasión, pero sin la ayuda de la vara. Por tanto, más que antes, necesito su confianza y se fe en mí.

El equilibrista subió por el elevador y luego comenzó a cruzar lentamente de un edificio hasta el otro. La gente estaba muda de asombro y aplaudía. Entonces el equilibrista bajó y en medio de las ovaciones por tercera vez dijo:

—Ahora pasaré por última vez, pero será llevando una carretilla sobre la cuerda... Necesito, más que nunca, que crean en mí y confíen en mí.

La multitud guardaba un tenso silencio. Nadie se atrevía a creer que esto fuera posible...

—Basta que una sola persona confíe en mí y lo haré—, afirmó el equilibrista.

Entonces uno de los que estaba atrás gritó:

—Sí, sí, yo creo en ti. Tú puedes. Yo confío en ti...

El equilibrista, para certificar su confianza, lo retó:

—Si de veras confías en mí, vente conmigo y súbete a la carretilla...

Cuando en verdad le creemos a Jesús nos subimos a su cruz, muriendo a todo aquello que no nos deja vivir. Este tipo de fe nos permite ver lo invisible y esperar contra toda esperanza, ya que todo es posible para el que cree.

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Tomado del libro:
ID Y EVANGELIZAD A LOS BAUTIZADOS
Autor: José Prado Flores

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El error perfecto

Mi abuelo amaba la vida —especialmente cuando podía hacerle una broma a alguien—. Hasta que un frío sábado en Chicago, mi abuelo pensó que Dios le había jugado una broma. Entonces no le causó mucha gracia.

Ese día particularmente él había estado en la Iglesia haciendo unos baúles de madera para la ropa y otros artículos que enviarían a un orfelinato a China. Cuando regresaba a su casa, metió la mano al bolsillo de su camisa para sacar sus lentes, pero no estaban ahí. Él estaba seguro de haberlos puesto ahí esa mañana, así que se regresó a la Iglesia.

Los buscó, pero no los encontró. Entonces se dio cuenta de que los lentes se habían caído del bolsillo de su camisa, sin él darse cuenta, mientras trabajaba en los baúles que ya había cerrado y empacado. ¡Sus nuevos lentes iban camino a China!

La Gran Depresión estaba en su apogeo y mi abuelo tenia seis hijos. Él había gastado 20 dólares en esos lentes.

—No es justo —le dijo a Dios mientras manejaba frustrado de regreso a su casa—.Yo he hecho una obra buena donando mi tiempo y dinero y ahora esto.

Varios meses después, el Director del orfelinato estaba de visita en Estados Unidos. Quería visitar todas las Iglesias que lo habían ayudado cuando estaba en China, así que llegó un sábado en la noche a la pequeña

Iglesia a donde asistía mi abuelo en Chicago.

Mi abuelo y su familia estaban sentados entre los fieles, como de costumbre. El misionero empezó por agradecer a la gente por su bondad al apoyar al orfelinato con sus donaciones.

—Pero más que nada —dijo—, debo agradecerles por los lentes que mandaron. Verán, los comunistas habían entrado al orfelinato, destruyendo todo lo que teníamos, incluyendo mis lentes. ¡Estaba desesperado! Aún y cuando tuviera el dinero para comprar otros, no había donde. Además de no poder ver bien, todos los días tenía fuertes dolores de cabeza, así que mis compañeros y yo estuvimos pidiendo mucho a Dios por esto. Entonces llegaron sus donaciones. Cuando mis compañeros sacaron todo, encontraron unos lentes encima de una de las cajas.

El misionero hizo una larga pausa, como permitiendo que todos digirieran sus palabras. Luego, aún maravillado, continuó:

—Amigos, cuando me puse los lentes, eran como si los hubieran mandado hacer justo para mí! ¡Quiero agradecerles por ser parte de esto!.

Toda las personas escucharon, y estaban contentos por los lentes milagrosos. Pero el misionero debió haberse confundido de Iglesia, pensaron. No había ningunos lentes en la lista de productos que habían enviado a China. Pero sentado atrás en silencio, con lágrimas en sus ojos, un carpintero ordinario se daba cuenta de que el Carpintero Maestro lo había utilizado de una manera extraordinaria.

«Tu talento especial es el regalo que Dios te dio, lo que tú hagas con tu talento es tu regalo para Dios».

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El hijo, ¿quién se lleva al hijo?

Un hombre rico y su hijo tenían gran pasión por el arte. Tenían de todo en su colección: desde Picasso hasta Rafael. Muy a menudo, padre e hijo se sentaban juntos a admirar las grandes obras de arte. Desgraciadamente, el hijo fue a la guerra. Fue muy valiente y murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado. El padre recibió la noticia y sufrió profundamente la muerte de su único hijo.

Un mes más tarde, justo antes de la Navidad, alguien tocó a la puerta. Un joven con un gran paquete en sus manos le dijo al padre:

—Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida. Él salvó muchas vidas ese día, y me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala le atravesó el pecho, muriendo así instantáneamente. Él hablaba muy a menudo de usted y de su amor por el arte.

El muchacho extendió el paquete:

—Yo sé que esto no es mucho. Yo no soy un gran artista, pero creo que a su hijo le hubiera gustado que usted recibiera esto.

El padre abrió el paquete. Era un retrato de su hijo pintado por el joven soldado. Él contempló con profunda admiración la manera en que el soldado había capturado la personalidad de su hijo en la pintura. El padre estaba tan atraído por la expresión de los ojos de su hijo que los suyos propios se arrasaron de lágrimas. Le agradeció al joven soldado y ofreció pagarle por el cuadro.

—Oh no, Señor, yo nunca podría pagarle lo que su hijo hizo por mí. Es un regalo.

El padre colgó el retrato arriba de la repisa de su chimenea. Cada vez que los visitantes e invitados llegaban a su casa, les mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería. El hombre murió unos meses más tarde y se anunció una subasta para todas las pinturas que poseía.

Mucha gente importante y de influencia acudió con grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de la colección. Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo. El subastador golpeó su mazo para dar inicio a la subasta.

—Empezaremos los remates con este retrato del hijo. ¿Quién ofrece por este retrato?

Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo de la habitación gritó:

—¡Queremos ver las pinturas famosas! ¡Olvídese de esa!

Sin embargo, el subastador persistió:

—¿Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿$100.00? ¿$200.00?

Otra voz gritó con enojo:

—¡No venimos por esa pintura! ¡Venimos a ver los Van Goghs, los Rembrandts! ¡Vamos a las ofertas de verdad!

Pero aún así el subastador continuaba su labor:

—¡El Hijo! ¡El Hijo! ¡¿Quién se lleva El Hijo?!

Finalmente, una voz se oyó desde muy atrás del cuarto:

—¡Yo doy diez dólares por la pintura!

Era el viejo jardinero del padre y del hijo. Siendo éste muy pobre, era lo único que podía ofrecer.

—¡Tenemos $10! ¡¿Quién da $20?! —gritó el subastador.

—¡Dásela por $10! ¡Muéstranos de una vez las obras maestras!, —dijo otro exasperado.

—¡$10 es la oferta! ¡¿Dará alguien $20?! ¿Alguien da $20?

La multitud se estaba poniendo bien enojada. No querían la pintura de El Hijo. Querían las que representaban una valiosa inversión para sus propias colecciones.

El subastador golpeó por fin el mazo:

—¡Va una, van dos... VENDIDA por $10!

—¡Empecemos con la colección! —gritó uno.

El subastador soltó su mazo y dijo:

—Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final.

—Pero, ¿qué de las pinturas?

—Lo siento. Cuando me llamaron para conducir esta subasta, se me dijo de un secreto estipulado en el testamento del dueño. Yo no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso momento. Solamente la pintura de EL HIJO sería subastada. Aquel que la comprara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas. ¡El hombre que compró EL HIJO se queda con todo!

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Reflexión:

Dios nos ha entregado a su Hijo quien murió en una cruz hace 2,000 años.

Así como el subastador, su mensaje hoy es: «EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA AL HIJO?»

Quien ama al Hijo lo tiene todo.

«Buscad primero su Reino y su justicia,
y todas esas cosas se os darán por añadidura.»
Mateo 6, 33

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El Jardín Insatisfecho

En un país muy lejano un viejo rey había sembrado a lo largo de su vida un jardín con la mayor variedad de plantas y árboles que consiguió.

Un día fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. Revisó el agua y era buena, fresca y de calidad, el jardinero no había descuidado los abonos y el clima había sido el más favorable.

Sin embargo, el comportamiento de las plantas dejaba mucho que desear: el Roble le dijo al monarca que se estaba muriendo porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló decaído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como el Rosal.

El Rosal estaba deprimido por no poder ser tan fuerte y sólido como el Roble.

Y el sauce llorón, lloraba amargamente por no ser erguido y espigado como el Pino. Entonces el rey encontró una planta, una Bugambilia, floreciendo multicolormente y más fresca que nunca.

Ante esta conducta inusual frente al resto de las plantas de su jardín el rey le preguntó:

—¿Cómo es que creces tan saludable en medio de este jardín mustio y umbrío?

La flor contestó:

—No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que, cuando me plantaste, querías bugambilias. Si hubieras querido un Roble, o uvas, las habrías plantado.

En aquel momento me dije:

—¡El rey quiere que sea bugambilia! Intentaré ser Bugambilia de la mejor manera que pueda.

(Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu propia fragancia).

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Mi querido hermano:

No gastes tu vida y tus esfuerzos tratando de ser como los demás. Ni renuncies a ser lo que eres para agradar a los que te rodean.

La presión más grande a la que se ve sometida una persona, no es la de sus responsabilidades, superiores o familia. Curiosamente la presión más grande la recibe de sus «iguales». Esto se nota más fuertemente en la adolescencia y juventud, donde muchos jóvenes están dispuesto a renunciar a muchos de sus valores y principio con tal de sentirse sólo y marginado. El miedo a la soledad y el aislamiento hace que muchos personas se induzcan en malos caminos y vicios.

No trates de ser lo que No eres con tal de buscar aceptación y aprobación. Simplemente mírate a tí mismo, tienes grandes cualidad innatas y muchos dones que el Señor te ha dado.. No trates de ser otra persona.

Puedes hacer dos cosas con lo que Dios y la vida te dieron: disfrutarlo y florecer dando lo mejor de ti mismo, o morir de envidia y marchitarte tratando de ser lo que no eres.

Vivimos marchitándonos en nuestras propias insatisfacciones, en nuestras absurdas comparaciones con los demás. ¡Esa será tu propia condena!

«Si yo fuera....», «si yo tuviera...» Siempre conjugando el futuro incierto en vez de asumir el presente concreto, empecinados en no querer ver que la felicidad es un estado subjetivo, voluntario y que no dependerá de los bienes y éxitos que podamos acumular.

Podemos elegir hoy, ser felices con lo que somos, con lo que tenemos. Sólo así podremos florecer. El día que aceptemos que somos lo que somos, que somos únicos PARA DIOS y que nadie puede hacer lo que nosotros vinimos a hacer a este mundo, ¡ese día habremos empezado a florecer!

Toma el ejemplo de la bugambilia y florece en la mayor gama de colores que te sea posible!!!!

Bendiciones

P. Charly

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El naufragio

El único sobreviviente de un naufragio fue visto sobre una pequeña e inhabitada isla. Él estaba orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara, y todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.

Cansado, eventualmente empezó a construir una pequeña cabañita para protegerse y proteger sus pocas posesiones.

Pero entonces un día, después de andar buscando comida, él regresó y encontró la pequeña choza en llamas. El humo subía hasta el cielo. Lo peor que había pasado es que todas las cosas has había perdido.

Él estaba confundido y enojado con Dios, y llorando le decía:

—¿Cómo pudiste hacerme esto?

Y se quedó dormido sobre la arena.

Temprano de la mañana del día siguiente, él escuchó asombrado el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Venían a rescatarlo. Cuando llegaron, les preguntó:

—¿Cómo sabían que yo estaba aquí?

Sus rescatadores le contestaron:

—Vimos las señales de humo que nos hiciste...

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Es fácil enojarse cuando las cosas van mal, pero no debemos perder el corazón, porque Dios está trabajando en nuestras vidas, en medio de las penas y sufrimiento.

Recuerda la próxima vez que tu pequeña choza se queme... puede ser simplemente una señal de humo que surge de la GRACIA de Dios.

Por todas las cosas negativas que nos pasan, debemos decirnos a nosotros mismos: DIOS TIENE UNA RESPUESTA POSITIVA A ESTO.

Tú dices: «Es imposible».

Dios dice: «Nada es imposible» (Lucas 18, 27).

Tú dices «Nadie me ama realmente».

Dios dice: «Yo te amo» (Juan 3, 16 y Juan 13, 34).

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El poder de las palabras

Cuenta la historia que en cierta ocasión, un sabio maestro se dirigía a su atento auditorio dando valiosas lecciones sobre el poder sagrado de la palabra, y el influjo que ella ejerce en nuestra vida y la de los demás.

—Lo que usted dice no tiene ningún valor»- lo interpeló un señor que se encontraba en el auditorio.

El maestro le escuchó con mucha atención y tan pronto terminó la frase, le gritó con fuerza:

—¡Cállate, estúpido! y ¡siéntate, idiota!

Ante el asombro de la gente, el aludido se llenó de furia, soltó varias imprecaciones y, cuando estaba fuera de sí, el maestro alzó la voz y le dijo:

—Perdone caballero, le he ofendido y le pido perdón; acepte mis sinceras excusas y sepa que respeto su opinión, aunque estemos en desacuerdo.

El señor se calmó y le dijo al maestro:

—Le entiendo, y también pido disculpas y acepto que la diferencia de opiniones no debe servir para pelear, sino para mirar otras opciones.

El maestro le sonrió y le dijo:

—Perdone usted que haya sido de esta manera, pero así hemos visto todos del modo más claro, el gran poder de las palabras: Con unas pocas palabras le exalté, y con otras pocas le calmé.

Las palabras no se las lleva el viento, las palabras dejan huella, tienen poder e influyen positiva o negativamente. . .

Las palabras curan o hieren a una persona. Por eso mismo, los griegos decían que la palabra era divina y los filósofos elogiaban el silencio. Piensa en esto y cuida tus pensamientos, porque ellos se convierten en palabras, y cuida tus palabras, porque ellas marcan tu destino.

Medita sabiamente para saber cuándo y cómo hay que comunicarse, y cuándo el silencio es el mejor regalo para ti y para los que amas.

Eres sabio si sabes cuándo hablar y cuándo callar.

Piensa muy bien antes de hablar, cálmate cuando estés airado o resentido, y habla sólo cuando estés en paz.

Recuerda que las palabras tienen poder y que el viento nunca se las lleva.

Las palabras encierran una energía que bien puede ser positiva o negativa.

Recuerda: «Una cometa se puede recoger después de echarla a volar, pero las palabras jamás se podrán recoger una vez que han salido de nuestra boca».

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El sabio y el rey

Existió un rey que tenía un sabio; un hombre anciano de avanzada edad, pasos lentos y larga barba blanca. El rey para cualquier acción o decisión que tomara siempre se refería primeramente a su sabio. En ningún momento dudaba en consultarle siempre los problemas y las cosas que sucedían en su reino, sintiéndose siempre seguro de que todo le decía salía siempre bien.

Hasta que un día el sabio, por su avanzada edad, enfermó de gravedad. En su lecho de muerte, el rey desesperado le decía:

—Sabio y viejo amigo, ¿qué voy a hacer sin ti cuando tú no estés? ¿Quién me dará sus sabios consejos y me ayudará cuando tenga problemas que no pueda resolver?... ¿Qué haré... qué haré...?

El sabio, al ver su desesperación, le entregó un anillo que tenía un compartimento secreto, pero le dijo que sólo y únicamente cuando tuviera un problema que fuera imposible resolverlo, sólo así lo abriera y allí encontraría la respuesta.

El sabio murió y pasaron muchos años. Al rey en varias ocasiones se le presentaron múltiples problemas. Varias veces estuvo a punto de romper el sello y abrir el compartimento de la sortija, sin embargo no lo hizo, posponiéndolo para un problema mayor que no pudiera ser resuelto.

Siguió pasando el tiempo y un día al rey se le presentó un problema tan grande que no podía resolver. Pasaron los días tratando de resolverlo, hasta que no pudo más. Se acordó de lo que le dijo el sabio: «¡Sólo ábrelo cuando tengas un problema que pienses que no tenga solución!». El rey rompió el sello y abrió el compartimento secreto. Adentro había un papelito que decía: «Esto también pasará».

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Eso es lo que siempre dijo el Señor: «Abandónate en Mí, confía en Mí, todo lo que veas difícil y sin solución. ¡Todo pasará cuando lo pongas en mis manos!»

Por más grande que sea tu problema, si te acoges al amor maravilloso de Dios, todo se resolverá, pues Él todo lo puede, y en Él y con Él, todo se puede.

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El vendedor de semillas

Un joven soñó que entraba en un supermercado recién inaugurado y, para su sorpresa, descubrió que Jesucristo se encontraba atrás del mostrador.

—¿Qué vendes aquí? —le preguntó.

—Todo lo que tu corazón desee —respondió Jesucristo.

Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo, el joven, emocionado, se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría desear:

—Quiero tener amor, felicidad, sabiduría, paz de espíritu y ausencia de todo temor —dijo el joven—. Deseo que en el mundo se acaben las guerras, el terrorismo, el narcotráfico, las injusticias sociales, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos.

Cuando el joven terminó de hablar, Jesucristo le dice:

—Amigo, creo que no me has entendido. Aquí no vendemos frutos; solamente vendemos semillas. Convierte en frutos las semillas que hay en ti.

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Muchas veces pedimos que Dios nos lo dé todo hecho, y si bien es cierto todo lo que pidamos nos será dado si lo pedimos con fe, Jesús no nos anula y nos permite ser parte de nuestra misma historia, haciéndonos participar de su voluntad que es BUENA, PERFECTA y AGRADABLE. O sea, una voluntad que no es mala para nosotros, no tiene defectos y que además nos va a gustar.

Pide semillas, siémbralas y cosecha los frutos junto con Jesús.

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El verdadero valor de las cosas

Sólo faltaban cinco días para la Navidad. Aún no me había atrapado el espíritu de estas fiestas. Los estacionamientos llenos, y dentro de las tiendas el caos era mayor. No se podía ni caminar por los pasillos.

—¿Por qué vine hoy? —me pregunté.

Me dolían los pies lo mismo que mi cabeza. En mi lista estaban los nombres de personas que decían no querer nada, pero yo sabía que si no les compraba algo se resentirían. Llené rápidamente mi carrito con compras de último minuto y me dirigí a las colas de las cajas registradoras. Escogí la más corta, calculé que serían por lo menos veinte minutos de espera.

Frente a mí estaban dos niños: un niño de diez años y su hermanita de cinco años. Él estaba mal vestido con un abrigo raído, zapatos deportivos muy grandes, a lo mejor tres tallas más grande. Los jeans le quedaban cortos. Llevaba en sus sucias manos unos cuantos billetes arrugados. Su hermanita lucía como él, sólo que su pelo estaba enredado. Ella llevaba en sus manos una caja que contenía un par de zapatos de mujer dorados y resplandecientes.

Los villancicos navideños resonaban por toda la tienda y yo podía escuchar a la niñita tararearlos. Al llegar a la caja registradora, la niña le dio los zapatos cuidadosamente a la cajera, como si se tratara de un tesoro. La cajera les entregó el recibo y dijo:

—Son $6.09.

El niño puso sus arrugados billetes en el contador y empezó a rebuscarse los bolsillos. Finalmente contó $3.12.

—Bueno, pienso que tendremos que devolverlos, volveremos otro día y los compraremos —añadió.

Ante esto, la niña dibujó un puchero en su rostro y dijo:

—Pero a Jesús le hubieran encantado estos zapatos.

—Volveremos a casa, trabajaremos un poco más y regresaremos por ellos. No llores, vamos a volver.

Sin tardar yo le alcancé los tres dólares que faltaban a la cajera. Ellos habían estado esperando en la cola por largo tiempo y después de todo, era Navidad. En eso, un par de brazitos me rodearon con un tierno abrazo y una voz me dijo:

—Muchas gracias, señor.

Aproveché la oportunidad para preguntarle qué había querido decir cuando dijo que a Jesús le encantarían esos zapatos. Y la niña con sus grandes ojos redondos me respondió:

—Mi mamá está enferma y yéndose al cielo. Mi papá nos dijo que se iría antes de Navidad para estar con Jesús. Mi maestra de escuela dominical dice que las calles del cielo son de oro reluciente, tal como estos zapatos. ¿No se le verá a mi mamá hermosa caminando por esas calles con estos zapatos?

Mis ojos se inundaron al ver una lágrima bajar por su rostro radiante.

—Por supuesto que sí —le respondí.

Y en silencio le di gracias a Dios por usar a estos niños para recordarme el verdadero valor de las cosas.

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Empuja la vaquita

Un maestro de la sabiduría paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de las visitas, también de conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que tenemos de estas experiencias.

Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes, una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó:

—En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco. ¿Cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?

El señor calmadamente respondió:

—Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo y así es como vamos hemos estado viviendo.

El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio del camino, volteó hacia su fiel discípulo y le ordenó:

—Busque la vaquita, llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco.

El joven espantado vio al maestro y le cuestionó sobre el hecho de que la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia.

Mas como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden. Así que empujo la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante algunos años.

Un bello día el joven resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar, veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, con carro en el garaje de tremenda casa y algunos niños jugando en el jardín.

El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir, aceleró el paso y llegando allí, fue recibido por un señor muy simpático, el joven preguntó por la familia que vivía allí hace unos cuatro años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hace algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor –el dueño de la vaquita–:

—¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?

El señor entusiasmado le respondió:

—Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora.

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Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona alguna cosa básica para nuestra sobrevivencia, la cual es una convivencia con la rutina, NOS HACE DEPENDIENTES, Y CASI QUE EL MUNDO SE REDUCE A LO QUE LA VAQUITA NOS PRODUCE.

Descubre cuál es tu vaquita y aprovecha la proximidad del final del milenio para empujarla por el precipicio.

Locura: Seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes.

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Filosofía canina

Momentos positivos que a veces nos negamos, y que además no cuestan nada.

¿Alguna vez has intentado actuar con filosofía canina? Inténtalo:

  1. Nunca dejes pasar la oportunidad de salir a pasear.
  2. Experimenta la sensación del aire fresco y del viento en tu cara sólo por placer.
  3. Cuando alguien a quien amas se aproxima, corre para saludarlo(a) y muéstrale alegría por su llegada.
  4. Cuando haga falta, practica la obediencia.
  5. Deja que los demás sepan cuando están invadiendo tu territorio.
  6. Siempre que puedas toma una siesta, y estírate antes de levantarte.
  7. Corre, salta y juega diariamente.
  8. Sé siempre leal.
  9. Come con gusto y con entusiasmo, pero detente cuando ya estés satisfecho.
  10. Nunca pretendas ser algo que no eres.
  11. Si lo que deseas está enterrado, cava hasta encontrarlo.
  12. Cuando alguien tenga un mal día, guarda silencio, siéntate cerca de él (ella) y trata de agradarlo(a).
  13. Evita morder cuando la cuestión pueda solucionarse con un simple gruñido.
  14. En los días cálidos, acuéstate sobre tu espalda en el césped.
  15. En los días calurosos, bebe mucha agua y descansa bajo un árbol frondoso o en tu rinconcito preferido.
  16. Cuando te sientas feliz, baila y balancea tu cuerpo.
  17. No importa cuántas veces seas censurado, no asumas culpas que no te pertenecen, no guardes ningún rencor y no te entristezcas... corre inmediatamente hacia tus amigos.
  18. Alégrate con el simple placer de una caminata.
  19. Mantente siempre alerta pero tranquilo.
Da cariño con alegría y deja que te acaricien los que te quieren bien.

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Grabado en piedra

Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.

El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: «HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGÓ UNA BOFETADA EN EL ROSTRO».

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo.

Al recuperarse, tomó un estilete y escribió en una piedra: «HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVÓ LA VIDA».

Intrigado, el amigo preguntó:

—¿Por qué después de que te lastimé escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:

—Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.

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Historia del herrero

Se cuenta la historia del herrero que, después de una juventud llena de excesos, decidió entregar su alma a Dios.

Durante muchos años trabajo con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía andar bien en su vida, más bien al contrario, sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba, y que sentía compasión por su situación difícil, le comento:

—Realmente es muy extraño que justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar. No deseo debilitar tu fe, pero a pesar de tus creencias en el mundo espiritual, nada ha mejorado.

El herrero no respondió enseguida. Él ya había pensando en eso muchas veces, sin entender lo que acontecía con su vida, sin embargo, como no deseaba dejar al amigo sin respuesta, comenzó a hablar, y terminó por encontrar la explicación que buscaba. He aquí lo que dijo el herrero:

—En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú como se hace esto? Primero, caliento la chapa de acero a un calor infernal, hasta que se pone al rojo vivo, enseguida, sin ninguna piedad, tomo el martillo más pesado y le aplico varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada, luego la sumerjo en un balde de agua fría, y el taller entero se llena con el ruido y el vapor, porque la pieza estalla y grita a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir este proceso hasta obtener la espada perfecta, una sola vez no es suficiente.

El herrero hizo una larga pausa, y siguió:

—A veces, el acero que llega a mis manos no logra soportar este tratamiento. El calor, los martillazos y el agua fría terminan por llenarlo de rajaduras. En ese momento, me doy cuenta de que jamás se transformará en una buena hoja de espada y entonces, simplemente lo dejo en la montaña de fierro viejo que ves a la entrada de mi herrería.

Hizo otra pausa mas, y el herrero terminó...

—Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, y a veces me siento tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero. Pero la única cosa que pienso es: «Dios mío, no desistas, hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo de la manera que te parezca mejor, por el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de fierro viejo de las almas».

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La apariencia no lo es todo...

John Blanchard se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en la Grand Central Station. Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica con una rosa en su solapa.

Su interés en ella había empezado trece meses antes en una biblioteca de Florida. Al tomar un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas a lápiz en el margen. La suave letra reflejaba un alma pensativa y una mente lucida. En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua propietaria del libro: Miss Hollis Maynell. Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección. Ella vivía en la ciudad de Nueva York. Le escribió una carta presentándose e invitándola a cartearse.

Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a ultramar para servir en la Segunda Guerra Mundial. Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer. Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó. Ella pensaba que si él realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar. Cuando finalmente llego el día en que él debía regresar de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la Grand Central Station de Nueva York.

Ella escribió:

—Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa.

Así que a las siete en punto, él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía. Dejaré que Mr. Blanchard relate lo que sucedió después.

“Una joven venía hacia mí, y su figura era larga y delgada. Su cabello rubio caía hacia atrás en rizos sobre sus delicadas orejas. Sus ojos eran tan azules como flores. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro, era como la primavera encarnada.

Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios.

—¿Vas en esa dirección, marinero? —murmuró.

Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a Hollis Maynell.

Estaba parada casi detrás de la chica. Era una mujer de más de cuarenta anos, con cabello entrecano que asomaba bajo un sombrero gastado. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus tobillos, lucían unos zapatos de tacón bajo.

La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío. Y ahí estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría que ella me identificara. Esto no seria amor, pero seria algo precioso, algo quizá aun mejor que el amor: una amistad por la cual yo estaba y debía estar siempre agradecido.

Me cuadré, saludé y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que, al hablar, me ahogaba la amargura de mi desencanto.

—Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita. ¿Puedo invitarla a cenar?

La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa tolerante.

—No sé de qué se trata todo esto, muchacho —respondió—, pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplicó que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que, si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo está esperando en el restaurante que está cruzando la calle. Dijo que era algo así como una prueba.

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No es dificil entender y admirar la sabiduría de Miss Maynell. La verdadera naturaleza del corazón se descubre en su respuesta a lo que no es atractivo. «Dime a quién amas —escribió Houssaye— y te diré quién eres.»”

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La calidad de un hombre

Lao Tse hizo una pregunta a sus discípulos:

—¿Cómo se mide la calidad de un hombre?

Dijo uno:

—Por su sabiduría.

Dijo el otro:

—Por su fortuna.

Dijo un tercero:

—Por su fama.

Habló Lao Tse, y sus palabras cayeron igual que monedas de oro en sus alumnos:

—La calidad de un ser humano se mide por la alegría y la felicidad que ha dado a los demás; por que no los ha hecho sufrir, y porque les ha aliviado los sufrimientos que con la vida vienen. La calidad de un ser humano, en síntesis, se mide por su humanidad.

Así habló Lao Tse, y sus discípulos supieron que decía bien.

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¿Cuando entenderemos los hombres que ser verdaderamente cristiano no significa ser beato o «rezandero»?

Mucha gente piensa que ser un cristiano comprometido significa ser un aguafiestas, aburrido o amargado. ¡Nos han hecho creer que la santidad es imposible para un hombre normal!

Decía Karl Ranher: «El siglo XXI será un siglo de místicos o no será».

Ser santo y ser cristiano significa ser HOMBRE de verdad, mientras más humanos y solidarios seamos, más coherentes con nuestra fe seremos, pues recordemos que Dios se hizo hombre en Jesús, para que el hombre sea divinizado y alcance la filiación divina!

Bendiciones

P. Charly

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La corona del gusano

Dos gusanos vivían en un árbol frondoso. En un momento dado, uno de ellos, movido de un fuerte impulso interior, comenzó a encerrarse en un capullo de seda. Hasta ese momento los dos habían sido grandes amigos.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó espantado su compañero—. ¿Te has vuelto loco?

El impulso era tan fuerte que el gusano no respondió. Era un gusano que se emocionaba con facilidad cuando hacía algo nuevo.

—¿Ya has pensado lo que eso significa? —siguió su compañero, que era mucho más reflexivo y prudente—. ¡Vas a aislarte del árbol! ¿Y las jugosas hojas que estás dejando? ¿Y los nuevos brotes del tallo central? ¡No podrás comer ni moverte por el árbol si te encierras ahí! .

Dado que su compañero no respondía, el orador decidió buscar apoyo moral en los demás gusanos y trajo unos cuantos junto al capullo de seda, que ya estaba por terminarse.

—¡No cierres aún, espera!

Y escuchó al coro de gusanos que decía:

—Mira lo que dejas, mira lo que dejas...

Pero se encerró tras la seda, pues el impulso era muy fuerte y no podía explicarlo.

Los gusanos se quedaron mirando la cápsula de seda y pasaron toda la tarde comentando el suceso.

—Se volvió loco —decían—. ¡Qué aburrida debe ser la vida ahí dentro! ¡Mira lo que se está perdiendo! ¿A quién le cabe en la cabeza despreciar un árbol tan frondoso?... ¿Tú te encerrarías ahí?... ¡Con lo simpático y joven que era!

Después de un tiempo encontraron el capullo roto y vacío. No supieron qué pensar, así que decidieron mantener sus opiniones y seguir mascando hojas y ramitas sin volver a tocar el tema del capullo de seda.

Mientras tanto una mariposa hermosísima se alejaba del árbol volando hacia el atardecer.

¿Qué importa ir contra corriente si el fruto de tu decisión te transforma en lo que siempre soñaste sin saberlo?

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La diferencia entre cielo e infierno

En aquel tiempo, dice una antigua leyenda china, un discípulo preguntó al vidente:

—Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?

Y el vidente respondió:

—Es muy pequeña, y sin embargo de grandes consecuencias. Vi un gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. En su derredor había muchos hombres hambrientos casi a punto de morir. No podían aproximarse al monte de arroz, pero tenían en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. Es verdad que llegaban a coger el arroz, pero no conseguían llevarlo a la boca porque los palillos que tenían en sus manos eran muy largos. De este modo, hambrientos y moribundos, juntos pero solitarios, permanecían padeciendo un hambre eterna delante de una abundancia inagotable. Y eso era el infierno.

«Vi otro gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. Alrededor de él había muchos hombres, hambrientos pero llenos de vitalidad. No podían aproximarse al monte de arroz pero tenían en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. Llegaban a coger el arroz pero no conseguían llevarlo a la propia boca porque los palillos que tenían en sus manos eran muy largos. Pero con sus largos palillos, en vez de llevarlos a la propia boca, se servían unos a otros el arroz. Y así acallaban su hambre insaciable en una gran comunión fraterna, juntos y solidarios, gozando a manos llenas de los hombres y de las cosas, en casa. Y eso era el cielo».

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La elección de vivir

Jerry era el tipo de persona que te encantaría odiar. Siempre estaba de buen humor y siempre tenía algo positivo que decir. Cuando alguien le preguntaba cómo le iba, él respondía:

—Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo.

Él era un gerente especial porque tenía varias meseras que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón porque las meseras seguían a Jerry era por su actitud.

Él era un motivador natural: si un empleado tenía un mal día, Jerry estaba ahí para decirle al empleado cómo ver el lado positivo de la situación.

Ver este estilo realmente me causó curiosidad, así que un día fui a buscar a Jerry y le pregunté:

—No lo entiendo. No es posible ser una persona positiva todo el tiempo… ¿Cómo lo haces?

Jerry respondió:

—Cada mañana me despierto, saludo a Dios con una oración, le doy gracias por permitirme estar vivo un día más y me digo a mí mismo: «Jerry, tienes dos opciones hoy: puedes escoger estar de buen humor o puedes escoger estar de mal humor». Escojo estar de buen humor. Cada vez que sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello. Escojo aprender de ello. Cada vez que viene alguien a mí para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo de la vida. Escojo el lado positivo de la vida.

—Sí… claro… pero no es tan fácil—, protesté.

—Sí lo es —dijo—. Todo en la vida es acerca de elecciones. Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección. Tú eliges cómo la gente afectará tu estado de ánimo. Tú eliges estar de buen humor o mal humor. En resumen: TÚ ELIGES CÓMO VIVIR LA VIDA. DIOS nos concedió ese Don.

Reflexioné en lo que me dijo Jerry. Poco tiempo después, dejé la industria de restaurantes para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba en Jerry cuando tenía que hacer una elección en la vida en vez de reaccionar a ella.

Varios años más tarde, me enteré que Jerry hizo algo que nunca debe hacerse en un negocio de restaurante. Dejó la puerta de atrás abierta una mañana y fue asaltado por tres ladrones armados. Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano, temblando por el nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le dispararon.

Con mucha suerte, Jerry fue encontrado relativamente pronto y llevado de emergencia a una clínica. Después de 18 hrs. de cirugía y semanas de terapia intensiva, Jerry fue dado de alta aún con fragmentos de bala en su cuerpo. Me encontré con Jerry seis meses después del accidente y cuando le pregunté cómo estaba, me respondió:

—Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo.

Le pregunté qué pasó por su mente en el momento del asalto. Contestó:

—Lo primero que me vino a la mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba tirado en el piso recordé que tenía dos opciones: Podía elegir vivir o podía elegir morir. Elegí vivir.

—¿No sentiste miedo? —le pregunté.

Jerry continuó:

—Los médicos fueron geniales. No dejaban de decirme que iba a estar bien. Pero cuando me llevaron al quirófano y vi las expresiones en las caras de médicos y enfermeras, realmente me asusté. Podía leer en sus ojos: «es hombre muerto». Supe entonces que debía tomar acción.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Bueno… primero le di gracias a DIOS porque hasta ahora me había dejado vivir y le dije: «Quiero seguir viviendo, pero que se haga tu voluntad, no la mía». Después, uno de los médicos me preguntó si era alérgico a algo y respirando profundo grité: «¡SÍ, a las balas…!» Mientras reí les dije: «Estoy escogiendo vivir… opérenme como si estuviera vivo, no muerto y no se preocupen, DIOS decide el resto».

Jerry vivió sin lugar a dudas gracias a DIOS. ÉL le dio maestría a los médicos para no fallar en la operación... y la asombrosa actitud y decisión de Jerry fue crucial.

Aprendí que cada día tenemos la elección de vivir plenamente.

Recuerda que la actitud positiva es nuestra decisión. Es un Don que DIOS nos regaló!!!

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La esperanza de un sueño

Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un grillo.

—¿Hacia dónde te diriges?, —le preguntó.

Sin dejar de caminar, la oruga contestó:

—Tuve un sueño anoche. Soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendido, el grillo dijo mientras su amigo se alejaba:

—¡Debes de estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? Tú, ¡una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar, y cualquier tronco una barrera infranqueable.

Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo:

—¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?.

Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante:

—Tuve un sueño y deseo realizarlo. Subiré a esa montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo.

El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego dijo:

—Ni yo, con patas tan grandes, intentaría una empresa tan ambiciosa.

Él se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.

Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron a nuestro amigo a desistir.

—¡No lo lograrás jamás! —le decían, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir.

Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar.

—Estaré mejor —, fue lo último que dijo, y murió.

Todos los animales del valle por días fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo. Había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos. Aquella concha dura comenzó a quebrarse y, con asombro, vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta.

Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa.

No hubo nada que decir, todos sabían lo qué haría: se iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado.

Dios nos ha creado para realizar un sueño. Vivamos por él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y, si nos damos cuenta de que no podemos, quizás necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas. Y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.

Es buscando lo imposible como los hombres han encontrado y alcanzado lo posible, y aquellos que se limitaron a lo que visiblemente era posible, nunca dieron un paso.

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La historia de Pedrito

El primer día de clase que Doña Tomasa se enfrentó a sus alumnos de quinto grado, les dijo que ella trataba a todos los alumnos por igual y que ninguno era su favorito. En la primera fila sentado estaba Pedrito, un niño antisociable, con una actitud intolerable, el cual siempre andaba sucio y todo despeinado. El año anterior, Doña Tomasa había tenido a Pedrito en una de sus clases. Doña Tomasa veía a Pedrito como un niño muy antipático.

A ella le daba mucho gusto poder marcar con lápiz rojo todo el trabajo que Pedrito entregaba con una «F». En la escuela donde Doña Tomasa enseñaba se le requería revisar el archivo de historia de cada alumno y el de Pedrito fue el último que ella revisó.

Cuando empezó a leer el archivo de Pedrito, se encontró con varias sorpresas. La maestra de Pedrito de primer grado había escrito: «Pedrito es un niño muy brillante y muy amigable, siempre tiene una sonrisa en sus labios. Él hace su trabajo a tiempo y tiene muy buenos modales. Es un placer tenerlo en mi clase».

La maestra de segundo grado: «Pedrito es un alumno ejemplar, muy popular con sus compañeros, pero últimamente muestra tristeza porque su mamá padece de una enfermedad interminable».

La maestra de tercer grado: «La muerte de su mamá ha sido muy difícil para él. Trata de hacer lo mejor que puede, pero sin interés. El papá no demuestra ningún interés en la educación de Pedrito. Si no se toman pasos serios, esto va afectar la vida de Pedrito».

La maestra de cuarto grado: «Pedrito no demuestra interés en la clase. Cada día se cohibe más. No tiene casi amistades y muchas veces duerme en clase».

Después de leer todo esto, doña Tomasa sintió vergüenza por haber juzgado a Pedrito sin saber las razones de su actitud. Se sintió peor cuando todos sus alumnos le entregaron regalos de Navidad envueltos en fino papel, con excepción del regalo de Pedrito, que estaba envuelto en un cartucho de la tienda. Doña Tomasa abrió todos lo regalos y cuando abrió el de Pedrito, todos los alumnos se reían al ver lo que se encontraba dentro. En el cartucho había una botella con un cuarto de perfume y un brazalete, al cual le faltaba algunas de las piedras preciosas. Para suprimir las risas de sus alumnos, se puso inmediatamente aquel brazalete y se echó un poco del perfume en cada muñeca. Ese día Pedrito se quedó después de la clase y le dijo a la maestra:

—Doña Tomasa, hoy usted huele como mi mamá.

Después de haberse ido todos, doña Tomasa se quedó llorando por una hora.

Desde ese día cambió su materia. En vez de enseñar lectura, escritura y aritmética, escogió enseñar a los niños. Doña Tomasa empezó a ponerle más atención a Pedrito. Ella notaba que mientras más ánimos le daba a Pedrito, más entusiasmado reaccionaba él. Al final del año, Pedrito se convirtió en el más inteligente de la clase y a pesar de que doña Tomasa había dicho el primer día de clase que todos los alumnos iban a ser tratados por igual, Pedrito era su preferido.

Pasaron cuatro años y doña Tomasa recibió una nota de Pedrito, la cual decía que se había graduado de la secundaria y que había terminado en tercer lugar. También le decía que ella era la mejor maestra que él había tenido.

De ahí pasaron seis años cuando doña Tomasa volvió a recibir noticias de Pedrito.

Esta vez le escribía que se le había hecho muy difícil, pero que muy pronto se graduaría de la universidad con honores y le aseguró a doña Tomasa que todavía ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasan cuatro años más, cuando doña Tomasa vuelve a saber de Pedrito. En esta carta él le explicaba que había adquirido su postgrado y que había decidido seguir su educación. En esta carta Pedrito también le recordaba que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida. Esta vez la carta estaba firmada por: «Dr. Pedro Altamira».

Bueno, el cuento no termina ahí. En la primavera, doña Tomasa volvió a recibir una carta de Pedrito donde le explicaba que había conocido a una muchacha con la cual se iba a casar y quería saber si doña Tomasa podía asistir a la boda y tomar el lugar reservado usualmente para los padres del novio. También le explicaba que su papá había fallecido varios años atrás. Claro que doña Tomasa aceptó con mucha alegría y el día de la boda se puso aquel brazalete sin brillantes que Pedrito le había regalado y también el perfume que la mamá de Pedrito usaba.

Cuando se encontraron, se abrazaron muy fuerte y el Dr. Altamira le dijo en el oído muy bajito:

—Doña Tomasa, gracias por haber creído en mí. Gracias por haberme hecho sentir que era importante y que yo podía hacer la diferencia.

Doña Tomasa, con lágrimas en los ojos, le respondió:

—Pedro, estás equivocado. Tú fuiste el que me enseñó que yo podía hacer la diferencia. ¡Yo no sabía enseñar hasta que te conocí a ti!

¡Podemos hacer la diferencia!

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La lección de piano

Deseando animar que su nieto progresara en sus lecciones de piano, su abuela lo llevó a un concierto de Paderewski.

Después de que ocuparon sus respectivos lugares, la abuela reconoció a una amiga en la audiencia y dejando a su nieto, se dirigió hacia ella.

Teniendo la oportunidad de explorar las maravillas de ese viejo teatro, el pequeño niño recorrió algunos de los lugares y posteriormente logró llegar a una puerta donde escrito estaba el anuncio de “Prohibida la entrada”, pero esto no le importo a pequeño.

Cuando se anunció la tercera llamada y las luces empezaron a apagarse y la función estaba apunto de empezar, la abuela regresó a su lugar, descubriendo horrorizada que su nieto no estaba en su lugar. Inmediatamente las grandes cortinas se abrieron y los reflectores apuntaron hacia el centro del escenario.

Sorprendida, la abuela vio a su pequeño nieto sentado en el piano, inocentemente tocando: “Twinkle, twinkle Little Star”.

En ese momento, el gran maestro de piano hizo su entrada y rápidamente se dirigió hacia el piano y susurro al oído de pequeño:

—No pares hijo, sigue tocando, lo estás haciendo muy bien.

Entonces, inclinándose hacia el piano, Paderewski, empezó a hacer un acompañamiento junto al niño con su brazo izquierdo. Pronto su brazo derecho alcanzó el otro lado para realizar un “obbligato”.

Juntos, el viejo maestro y el pequeño novicio, trasformaron la embarazosa escena en una maravillosa y creativa experiencia. La audiencia estaba muy entusiasmada.

Esa es la forma en que Dios trabaja junto a nosotros. Él está siempre a nuestro lado cambiando nuestros pequeños esfuerzos hacia convertirlos en grandes cosas, susurrándonos al oído: “No pares hijo, sigue intentando, lo estás haciendo muy bien”.

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La mano del Maestro

Estaba golpeado y marcado, y el rematador en una subasta pensó que por su escaso valor no tenía sentido perder demasiado tiempo con el viejo violín. Pero lo levantó con una sonrisa.

—¿Cuánto dan por mí, señores? —gritó—. ¿Quién empezará a apostar por mí?

—Un dólar.

Un dólar. Después, dos dólares.

—¿Sólo dos? ¿Quién da tres?,

—Tres dólares.

—Tres dólares, a la una; tres dólares a las dos; y van tres...

Pero NO, desde el fondo de la sala un hombre canoso se adelantó y recogió el arco; luego, después de quitar el polvo del violín y estirado las cuerdas flojas, las afinó y tocó una melodía pura y dulce como un coro de ángeles.

Cesó la música y el rematador, con una voz silenciosa y baja, dijo:

—¿Cuánto me dan por el viejo violín? —y lo levantó en alto con el arco.

—Mil dólares...

—Y... ¿quién da dos?

—¡Dos mil!

—¿Y quién da tres?

—¡Tres mil!

—Tres mil a la una, tres mil a las dos; y se va y se fue —dijo.

La gente aplaudía, pero alguno decían:

—No entendemos bien, ¿qué cambió su valor?

La respuesta no se hizo esperar:

—¡La Mano del Maestro!

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¿Saben? Nuestras vidas pueden valer poco o mucho, según sean las manos de quién nos utilice.

Muchos están en manos de los vicios; otros, en los juegos, mas otros en cambio están siendo usados por las manos del Maestro por excelencia: Jesús.

Sin importar si la gente da poco por tu vida, puede ser mejor y más valiosa si dejas que tu amigo, Jesús, sea tu Maestro.

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La pesadilla

Tuve un sueño, y no puedo olvidarlo.

Soñé que un hombre se presentó al juicio de Dios, y le decía:

—Señor, he cumplido tu ley, porque no he cometido ninguna maldad: No he robado, ni matado a nadie, jamás falté al templo, he cumplido todos tus preceptos... Además, nadie te ha amado como lo he hecho yo... Fíjate Señor, en mis manos: ¡Las tengo perfectamente limpias...!

A lo que Dios le respondió:

—¡Es cierto!, las tienes muy limpias... Pero qué lastima que estén tan vacías...

(Raoul Follereau)

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Bien decía con mucha sabiduría el apóstol san Juan:

“Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve” (I Juan 4, 20).

“Pues si uno tiene bienes y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿cómo puede tener amor de Dios en su corazón? Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos” (I Juan 3, 17-18).

Con qué facilidad olvidamos que la mejor forma que tenemos para honrar a Dios, es haciéndolo con los más pequeños y desvalidos que nos rodean. No honraras a Dios llenado su altar de oro plata o piedras preciosas. Sí lo harás, en cambio, siendo generoso con los otros y ayudando al pobre.

Es más, no ofendes a Dios cuando pronuncias una blasfemia, pero en cambio, le asestas un duro golpe cuando le robas al pobre y te vuelves insensible con la miseria de los que te rodean.

P. Carlos E. García CJM

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La Última Cena

A Leonardo Da Vinci le llevó siete años completar su famosa obra titulada «La Última Cena». Las figuras que representan a los doce apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para ser Cristo fue la primera en ser seleccionada.

Cuando se supo que Da Vinci pintaría esta obra, cientos de jovenes se presentaron ante Leonardo Da Vinci para ser seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices y los rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado.

Finalmente, después de algunos meses de búsqueda, seleccionó a un joven de 19 años de edad como su modelo para pintar la figura de Jesús. Por seis meses, Leonardo trabajó para lograr pintar al personaje principal de esta magnánima obra.

Durante los seis siguientes años, Da Vinci continuó su obra buscando a las personas que representarían a los once apóstoles; dejando para el final a aquel que representaría a Judas, el apóstol que traicionó a Cristo por 30 monedas de plata.

Por semanas estuvo Da Vinci buscando a un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificaría a una persona que sin duda alguna traicionaría a su mejor amigo.

Después de muchos fallidos intentos en la búsqueda de este modelo, llegó a los oídos de Leonardo que existía un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robo y asesinatos.

Da Vinci viajó a Roma en cuanto supo esto. Este hombre fue llevado a la vista de Da Vinci a la luz del sol. Leonardo vio ante él a un hombre sin vida; un hombre cuyo maltratado cabello largo caía sobre su rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin Leonardo Da Vinci había encontrado a quien modelaría a Judas en su obra.

Por medio de un permiso del rey, este prisionero fue trasladado a Milán, al estudio de Leonardo. Por varios meses, este hombre se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había traicionado a Jesús.

Cuando Leonardo dio el último trazo a su obra, se volvió a los guardias del prisionero y les dio la orden de que se lo llevaran. Mientras salían del recinto de Da Vinci el prisionero se soltó y corrió hacia Leonardo gritándole:

—¡Da Vinci, obsérvame! ¿No reconoces quién soy?

Leonardo Da Vinci lo estudió cuidadosamente y le respondió:

—Nunca te había visto en mi vida, hasta aquella tarde fuera del calabozo de Roma.

El prisionero levantó sus ojos al cielo, cayó de rodillas al suelo y gritó desesperadamente:

—¡Oh, Dios! ¿Tan bajo he caído?

Después volvió nuevamente su rostro al artista y le gritó:

—¡Leonardo Da Vinci! ¡Mírame nuevamente, pues yo soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años! Hace seis años representé a Cristo y ahora represento a su traidor.

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¿Tanto podrá cambiar el rostro de un hombre por el tipo de vida que lleva?

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La Vanidad humana

Se cuenta de Don Pedro II, emperador del Brasil, que compadecido de ver tantos pobres enfermos que andaban tirados por las calles, o morían abandonados en míseras casuchas, formó el propósito de levantar en Río de Janeiro un gran hospital para poder dar cabida a todo necesitado: para esto acudió a los buenos sentimientos de su pueblo. Pero el pueblo no respondió al llamamiento como él esperaba y los ricos se hicieron de oído sordo.

¿Qué hizo entonces el monarca? Conociendo los deseos de los ricos plebeyos en acceder a un título nobiliario, mandó proclamar un pregón en el cuál se invitaba a todos los que aportaran una cantidad considerable de dinero, para fines benéficos, serían condecorados por el Emperador con títulos nobiliarios de marqueses, duques y condes según fuese la cantidad del donativo. Además todos los oferentes serían homenajeados en una gran placa de mármol en el frontispicio del nuevo hospital de beneficencia.

Pronto se llenó la lista, y el levantar el hospital fue ya cosa de poco tiempo. El día de su inauguración, fue grande la expectación por ver la gran placa de mármol cubierta en terciopelo rojo, colocada en la parte central del frontispicio. Cuando Don Pedro develó la placa, todo el pueblo pudo leer estas palabras en letras de oro:

“Vanitas Humana, miseriae humanae”